La crisis catalana

Roberto Pareja

¡'Quins collons', el 10-N!

Los aquelarres independentistas están abollando el camino de rosas que contemplaba Sánchez  

Pedro Sánchez, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a su salida de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona este lunes. Pedro Sánchez, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a su salida de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona este lunes.

Pedro Sánchez, y el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, a su salida de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona este lunes. / Quique García (EFE)

Quins collons!". El exabrupto es de Quim Torra, que ya le ha llamado hasta tres veces por teléfono a Pedro Sánchez y el malsonante predicador de la pradera (digo campo de batalla) independentista está muy indignado porque aprieta y aprieta y choca y choca contra los muros del Palacio de La Moncloa, un búnker abollado por el ala de las encuestas, que, como la desdibujada sonrisa pacífica del secesionismo catalán, está mutando en un as de vastos bastos, entre la respuesta proporcional de las fuerzas de seguridad del Estado y los Mossos a los violentos y un sentimiento generalizado de que han sido ellos, los violentos, los que han ganado la partida, con un policía nacional en la UCI como símbolo de una  contención derivada de los excesos del 1-O.

Quim Torra ha pasado de silbar y mirar para otro lado mientras las calles de Cataluña ardían contra la sentencia del Supremo sobre el procés a condenar tibiamente la violencia después de cumplir con su deber de activista enojado y cortar una carretera como sumando de una  de las Marchas de la libertad, la cara amable y hegemónica del independentismo. Pero propios y ajenos le quieren dar la patada. El separatismo está fracturado y hasta el mismísimo Gabriel Rufián ha soportado gritos de boteflier (traidotr) de los propios. En el tira y afloja con los ajenos, se ha hecho viral un vídeo en el que la Generalitat muestra la reacción del jefe del Govern ante la negativa de Pedro Sánchez a ponerse al teléfono este domingo. Una escena impostada, que raya a la altura del betún en contraste con las escenas de Gila al teléfono con el enemigo. Sólo le faltaba a Torra el casco, imprescindible para ejercer el periodismo estas noches en Barcelona, aunque los colegas acabarán con armadura, que también  les protegerá de los escupitajos. Es todo impostado en ese conmovedor vídeo, el acongojado diálogo del president con su asistente parece guionizado. ¿No s'hi posen? ¡Quins collons! A falta de pan buenas no son tortas y Sánchez ha enviado una carta a Torra este lunes en la que le reitera que debe condenar la violencia sin paliativos, amparar a las fuerzas de seguridad que la combaten y evitar la discordia civil. El presidente del Gobierno (que ha cogido el puente aéreo y visita en Barcelona a los agentes heridos) considera que el president todavía no ha hecho ninguna de estas tres cosas.

Los hijos de la desobediencia sienten que las calles son suyas y se han hecho fuertes, de manera inversamente proporcional a Sánchez, cuya imagen de garantía de estabilidad se ha quedado enterrada entre un mar de adoquines. Los violentos se hacen selfies en las barricadas y Sánchez se ha hecho un Rajoy en la Moncloa. Su contemplación de todos los escenarios ante la furibunda reacción a una sentencia que para unos ha dejado claro que no todo vale y que para otros restringe derechos fundamentales suena a pasmo y está dando paso al capítulo del cruzarse de brazos, eso de lo que tanto acusa a su antecesor. Negarse al diálogo no es gobernar, es enrocarse en la inacción. Si Moncloa ha hablado con ETA mientras mataba, ¿cómo no va a dialogar nuestro desconcertado presidente con ese inflitrado que le ha sembrado de minas la que parecía una gloriosa reválida ante las urnas este 10 de noviembre?

Lo tenía todo para sacudirse la mosca cojonera de Unidas Podemos de un manotazo, más con la medallita de la tan tardía como oportuna exhumación de los restos de Francisco Franco, otro convidado de piedra en el asfaltado de esa mayoría absoluta con la que viene fantaseando. Hasta que Torra y compañía se han infiltrado en el presunto camino de rosas del 10-N. Por ahí aparece otro correcaminos, Vox. Los extremos se tocan y cuando uno muerde el otro se relame. La España de Santiago Abascal es la de la Reconquista, la del imperio donde nunca se pone el sol.. y el desafío secesionista en Cataluña es un perfecto caldo de cultivo para su sopa boba de propuestas de yo me lo guiso, yo me como, que a mí (a España) no le hacen falta ni la cooperación internacional ni la ONU ni la UE para afrontar, por ejemplo, desafíos globales como la inmigración ilegal. Levantamos muros hasta el cielo... y Santiago y cierra España.  

Vox se desgañita pidiendo que encarcelen a Torra, pero sabe que con la ley en la mano no ha lugar. Como el PP y Ciudadanos, reclama más represión. La célebre (por sus dislates) presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, nunca defrauda en los momentos estelares y ha reclamado que se suprima el derecho de manifestación en Cataluña... La derechita cobarde se alinea con la extrema, pero sin gritar tanto... Del diálogo sólo se acuerda Unidas Podemos, pero de quien se va a acordar Pablo Iglesias el 10-N es de su ex amigo Íñigo Errejón, que le va a quitar buena parte del bocadillo en esta merienda electoral de negros. Quedan apenas tres semanas para las decisivas elecciones del 10-N y se sigue hablando de todo menos de lo importante: sanidad, educación, dependencia, alquileres, la luz, las luces...

Las mentes sociales siguen en su inmensa mayoría adormecidas y ahora vuelve a sonar el indepe Josep Guardiola como candidato para la Generalitat. No es ninguna broma. El ex president Artur Mas le está sondeando. Aquí y en Cataluña muchas, demasiadas, cabezas son un balón. ¡Quins collons!

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