silla de palco

Vente a Alemania, Pepe

Antonio Mancheño | Actualizado 31.01.2011 - 01:00
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Lo manifiesta, ese monstruo teutón que dirige el país con guante de seda en mano de hierro. Angela Merkel. ¿Qué ha dicho? Que si España anda sufriendo el virus del paro, Alemania está dispuesta a echarle una manita y sacarle las castañas del fuego. Ni más ni menos. Ojú que tía.

Concretamente, en el próximo encuentro a celebrar dentro de tres días en Madrid, se abordará éste tema que, la Canciller cree de especial interés y mutuo beneficio para ambas naciones, aunque la humilde presidenta, sepa que nos ofrece un dulce y que a Rodríguez Zapatero sólo le queda el gesto de aceptarlo con sonrisa de hiena. Necesitan al menos, según fuentes del Instituto de Trabajo e Investigación de Nurenberg, cubrir de sopetón, ochocientos mil puestos para consolidar su economía, que en su conjunto, ha crecido hasta el mágico dígito del tres coma seis por ciento. Lo escribo con genuinas letras del abecedario para que algunos que me sé, no se equivoquen con las cifras, ni las mal interpreten. Las mates son la mates y arrojan, la exactitud en cifras y la cuenta corriente en positivo. La vieja Weimar es hoy locomotora de Europa.

Hubo un tiempo, allá por los 60 en que los españoles tuvieron que emigrar desde sus pueblos más profundos a tierras industriosas y avanzadas en mecanización, organización social y remuneraciones dignas. Lo nuestro era un correveidile de maletas, boinas, pantalones de pana y pena negra. Aquí no había trabajo y allí sobraba. La emigración fue, la tabla salvadora de miles de familias que no temían al frío ni al trabajo, al idioma, al exilio y la melancolía. Había que comer y de camino, enviar los marcos necesarios para tapar el hambre.

La escena gráfica se halla grabada en la mente de aquella peli que realizaron, Sacristán y Landa, encarnación de todas las penurias y todos los sueños que dos mozos vivieron en su etapa emigrante donde nunca faltaba el morbo por las frauleins, rubias y esbeltas, frente al moreno yunta bajito y bravucón, tan enamoradizo y romántico.

La simiente fructificó, tanto laboral como sentimentalmente, y comenzó a asentarse la saga de los Pérez Muller, Gómez Fleischer o Domínguez Klein, que aportaron, nuevas señas de identidad, conocimientos y recursos. Allí quedaron muchos y ejercieron la patria potestad alemana. La mayoría volvió al terruño con los ahorros en el saco y el progreso en la mente.

Alemania hizo frente a su reto. Uno, el pago del plan Marshall por el que resarcir a USA la recuperación tras el desastre de la segunda guerra mundial y dos, el coste de la anexión del Este, esquilmado por los teóricos marxistas y arruinado por la estrategia del Pacto de Varsovia. Una pesada losa que han sabido levantar a costa de trabajo y sacrificio.

Curiosamente el gobierno de centro derecha que lidera Angela Merkel, democristiana, demanda ahora, mano de obra especializada en sus industrias, preferentemente, ingenieros, técnicos superiores e investigadores. La tasa de paro española es del 20,8% frente al 7,4 germana. No queda otro remedio que volver, como en el tango. Con la frente marchita.
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