El nuevo duelo del siglo XXI

27 de febrero 2026 - 03:08

Aveces, la distancia más insalvable no es la que marca el Google Maps entre Huelva y cualquier otra capital europea, sino la que separa dos sillas en la terraza de un bar. Me di cuenta el otro día, frente a un café que se iba quedando frío mientras esperaba a alguien que ya no tiene tiempo para tomárselo conmigo o, mejor dicho, que tiene un tiempo que ya no me pertenece.

Nos hemos acostumbrado a los duelos con flores y crespón negro, pero nadie nos enseñó a gestionar el duelo de los que siguen vivos. Esa incertidumbre silenciosa de los treinta y pico, donde los círculos de amigos no se rompen por una bronca, sino que se deshilachan por pura inercia. Miras el WhatsApp y descubres que personas con las que compartiste el mapa de tus secretos en otra época ahora son simples conocidas que solo saben qué has desayunado por un story de Instagram. Observas cómo cada vez estamos más hiperconectados en la red, pero a años luz de un abrazo.

La brecha de las realidades me sacude. A veces , tan solo añoro charlar un rato a solas con mi hermana. Ahora ella, en su trinchera de la maternidad —y yo, en la del trabajo—, olvidó que esos ratos también son vitamina para el alma. Con una pena comprensiva nos observo en dos órbitas distintas dentro del mismo universo familiar. ¿En qué momento un rato juntas sin mirar el reloj se convirtió en un lujo de otra época? Esa misma inercia es la que termina por dictar sentencia también en el amor. Hay algo injusto en los afectos que se quedan en el limbo; esos amores que no murieron por falta de ganas, sino por falta de esperanza. Relaciones que se marchitaron no porque se acabara el cariño, sino porque ya no quedaban fuerzas para seguir remando. Y aquí es donde caemos en la trampa. Nos refugiamos en la vitrina digital para anestesiar esa ausencia. Instagram nos vende la ilusión de que seguimos formando parte de la vida de los demás, cuando en realidad solo somos espectadores de un montaje. Nos conformamos con un “me gusta” como si fuera una caricia o una confidencia. Pero el algoritmo no entiende de silencios, ni de cafés fríos, ni de la soledad que se siente al ver a quienes quisimos en una pantalla.

A lo mejor crecer es eso: aprender a despedirse de personas que no se han ido a ninguna parte, mientras intentamos que el ruido de la red no termine despistándonos.

stats