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Pedro Fernández Garlito, un policía ejemplar

  • Por Fernando Barranco Molina, académico de número de la Academia Iberoamericana de La Rábida. Profesor Honorario de la Universidad de Huelva

Pedro Fernández Garlito, un policía ejemplar Pedro Fernández Garlito, un policía ejemplar

Pedro Fernández Garlito, un policía ejemplar / M.G. (Huelva)

Hace muy poco tiempo que falleció mi buen amigo Pedro. Fue en pleno confinamiento, por lo que, a excepción de la familia, estaba prohibido acompañar al difunto en el entierro. Por eso, además de no enterarnos de su muerte, no pudimos estar con él en su despedida. Y Pedro se merecía, por su bondad, que lo hubiésemos acompañado todos los que lo queríamos.

Cuando llegué al Ayuntamiento de Punta Umbría a trabajar me encontré con una familia. Eran solo una docena de municipales y otros tantos funcionarios. Y entre todos había una relación amistosa y un compañerismo sano. Todos nos ayudábamos unos a otros y yo, que era el nuevo, necesitaba más ayuda que los más experimentados. Entonces topé con Pedro, que era todo amabilidad y elegancia. Era un caballero de la cabeza a los pies y muy respetuoso. Además, siendo yo todavía casi un niño siempre me llamaba don Fernando, cosa que me ruborizaba porque no era normal que un señor me tratara así. Pero la verdad es que todos los policías eran así de educados. Y eso que en aquella época no había, como hoy, academia de Policía.

Pedro había nacido en Punta del Moral, aldea marinera de Ayamonte, en el año 1932, en plena República. Pero a su padre, que era carabinero, lo destinaron a Punta Umbría. Y cuando solo contaba con 7 años, Pedro vino a vivir a este otro pueblo también marinero y de donde ya nunca se fue. Él era el mayor de cinco hermanos y no tardó en ponerse a trabajar para ayudar a sus padres a llevar para adelante a tan numerosa familia.

Primero aprendió sus primeras letras y se formó como persona, trabajando en lo que podía. Por ejemplo, trabajó en la construcción del muelle de las canoas, algo que siempre contaba con orgullo, colocando los palos que lo sustentaba. También trabajó con su tío Roberto, que era el encargado de dar la luz al pueblo. Y Pedro era el que cada noche conectaba el interruptor para que el pueblo tuviese luz. ¡Qué tiempos aquellos! Punta Umbría no tenía agua corriente, cada casa tenía su pozo; no había redes de alcantarillado, por lo que también cada casa tenía su pozo negro o fosa séptica; tampoco había luz, ni carretera, ni cementerio. Era una aldea totalmente primitiva, pero sus habitantes eran muy felices.

Pronto fue dando trabajo a sus hermanos, que le ayudaban a él y a su tío colocando postes y llevando luz a las nuevas zonas, nuevas casetas de madera que seguían construyéndose, porque no paraba de venir gente de fuera atraídos por la mucha pesca que existía en nuestra costa.

Y cuando tuvo un poco de dinero, ya en el año 1964, se construyó la carretera que definitivamente unió a Punta Umbría con el resto del mundo. Entonces Pedro se compró un camión y se dedicó a llevar pescado de nuestro pueblo a otros lugares donde antes no llegaba el pescado fresco. Y además realizaba algunos portes, con lo cual tenía trabajo suficiente.

Pedro se casó con María Gallardo, mujer con la que ha convivido casi 60 años y a la que hizo muy feliz, igual que ella a él, porque se compenetraron muy bien. Fue un buen marido y también un buen tito, según me cuenta su sobrina Amelia, con quien he trabajado muchos años en el ayuntamiento, ya que ella ha sido concejala del mismo en diferentes etapas.

El bueno de Pedro Fernández entró a formar parte de la Policía Municipal y cuando yo entré como ingeniero técnico tuve mucha relación con él. Conocí todo lo que aquí cuento y lo buena persona que era. También comprobé lo mucho que lo querían sus compañeros, muchos de ellos con los que hablo lamentan no haber podido estar en su entierro.

Pedro ha sido y es un espejo donde mirarse, un ejemplo a seguir por los policías jóvenes que puedan leer estas letras, porque Pedro ha sido sin duda una magnífica persona y un POLICÍA EJEMPLAR.

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