Como se sabe, Dios creó a los economistas para que los meteorólogos no fueran los únicos en equivocarse en sus previsiones. Podríamos sumar los opinadores políticos a ese grupo de casi inevitablemente errados arúspices.
Lo anterior viene a cuento de las actuaciones del Sr. Trump, respecto del cual al menos dos cosas son casi universalmente aceptadas: que sus formas son, cómo decirlo, manifiestamente mejorables, y que sus decisiones resultan frecuentemente imprevisibles. Lo que no significa que no sean explicables.
Lo bonito y deseable es hablar poniendo la perspectiva en los derechos humanos, en el Derecho internacional, en la democracia (ese sistema político que muy pocos países del mundo tienen implantado, y que va a menos, lamentablemente, de lo que nosotros somos un ejemplo). Lo digo sin asomo de ironía. Pero el mundo no va por ahí y, en realidad, rara vez ha seguido ese camino.
El Derecho internacional, como la teoría de los derechos humanos –desde una visión obviamente distinta de la posterior, liberal–, fue en gran medida impulsado por la Escuela de Salamanca, con entre otros Francisco de Vitoria y Bartolomé de las Casas, frailes dominicos ambos, al frente.
La relevancia dada a los derechos humanos es algo que en gran medida deriva del cristianismo. Donde éste no tiene arraigo apenas se mantienen, salvo como pose hipócrita o como derivación del derecho positivo, de normas que pueden cambiar en cualquier momento y ser tan legales como las anteriores. Si no vemos al ser humano desde un punto de vista trascendente, ¿por qué lo vamos a considerar más digno de protección que a un chimpancé, a un cerdo ibérico o a una babosa, a una aulaga o a un rosal? ¿Qué hace especial al hombre sobre el resto de seres vivos? Porque si lo que nos hace especiales es la inteligencia (no siempre…), la fuerza o el poder, ello justificaría que los más inteligentes, fuertes o poderosos se impongan “legítimamente” sobre los que no lo son. De alguna forma, dando la razón a Juan Ginés de Sepúlveda en su disputa con Bartolomé de las Casas, cuando el primero sostenía que era lícito someter a pueblos “inferiores”.
El Sr. Trump ha decidido (y ejecutado) apresar al Sr. Maduro entrando por la fuerza en su país y en su muy poco proletario palacio y llevándoselo a una prisión neoyorquina (y no forzando la rápida transición hacia la democracia, que presumiblemente le importa poco). Que le den pomada al Derecho Internacional y a varias cartas de derechos humanos. Si bien, ciertamente, el Sr. Maduro me suscita aproximadamente la misma conmiseración que el adoquín de mi calle sobre el que pasan coches constantemente. O sea, nada. Tiene miles de millones en Suiza, según leemos en prensa, como todo preboste comunista que se precie, con lo que supongo que algún buen abogado podrá representarle. Mucho más de lo que él permitía a los detenidos y torturados por su régimen.
Y el Sr. Trump parece haber decidido (no ejecutado) que Groenlandia pase a formar parte de Estados Unidos de alguna forma aún por ver. Lo que no resulta muy respetuoso con Dinamarca ni con los groenlandeses ni con las normas (salvo las americanas si lo consideran necesidad de seguridad nacional). Y nos extraña y ponemos el grito en el cielo (uy, perdón, en el cielo no, dejémoslo en la comunidad internacional).
Pero lo que pasa no es sorprendente. Si la única fuente del derecho ( “humano” o “internacional”) es lo que uno o más hombres puedan decidir siguiendo un procedimiento formal previsto –en eso consisten hoy las leyes y los tratados internacionales–, sin entender que hay principios inmanentes y trascendentes al hombre, no debe extrañarnos que se pueda considerar legal y factible cualquier cosa. Sea nombrar senador a un caballo, aprobar leyes que califican a determinados grupos como “subhumanos” o, desde otra perspectiva, querer Groenlandia o Ucrania porque sí. Lo hacen porque pueden y porque quieren y puede ser conforme con sus leyes. Si yo fuera taiwanés o letón estaría inquieto.