El lado bueno
Ana Santos
¡Niño, deja ya el móvil!
Conmocionados con la tragedia del domingo pasado, aún estamos preguntándonos cómo puede ser tan frágil la vida de un ser humano y lo mezquino de la casualidad; segundos que marcan la deriva de tantas personas, las que viajaban y las que aguardaban el regreso, padeciendo la crudeza de lo inesperado en una noche interminable.
Desde ese instante, la vida deja de presentarse como algo continuo y previsible, lo cotidiano se resquebraja y la pérdida irrumpe como un tornado en las familias de los afectados. El duelo no es solo una respuesta emocional, sino una experiencia que nos enfrenta a nuestra condición vulnerable y dependiente: vivimos expuestos al azar y ligados a otras vidas que, al desaparecer, transforman la nuestra.
María Zambrano, filósofa y ensayista española, recordaba que el dolor no se resuelve, se atraviesa, y que solo al aceptarlo como parte de la experiencia humana puede abrirse un espacio de sentido. En esa misma línea, Simone Weil, también filósofa, advertía que el sufrimiento del otro exige atención y presencia, no explicaciones apresuradas ni palabras de consuelo vacías. Judith Butler, por su parte, nos invita a comprender el duelo como una experiencia relacional: lloramos porque estamos vinculados, porque la vida propia se ha tejido siempre con la de otros. Pensar el duelo desde estas miradas no elimina la herida, pero nos permite reconocer que la pérdida no es solo una interrupción, sino una transformación profunda de nuestra manera de estar en el mundo.
Quienes miramos desde fuera habitamos una orilla frágil. La tragedia ajena despierta una sacudida de empatía ante el sufrimiento de otros. Nos atraviesan las historias mínimas, y nos remueven las casualidades que sostienen el día a día: quien tomó ese tren por rutina, quien fue a ver a su hijo, quien tuvo la suerte de perder el tren y el que cambió el billete a última hora para otro día. Como señalaba Hannah Arendt, la muerte del otro quiebra el mundo común, y aunque no nos alcance de lleno, nos recuerda que la seguridad es frágil y que la existencia se sostiene sobre equilibrios tambaleantes.
En medio del dolor, también surge la fuerza de la comunidad, creando redes de apoyo que trascienden lo individual. Vecinos, profesionales y voluntarios se han unido, mostrando que la generosidad y la colaboración son posibles incluso en los momentos más oscuros. La solidaridad no es solo ayuda inmediata, sino un acto consciente de construir sentido y acompañamiento, mostrando que incluso en la adversidad podemos transformar el miedo y la pérdida en un gesto de humanidad compartida.
Mi más sentido pésame.
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