El lado bueno
Ana Santos
¡Niño, deja ya el móvil!
En las últimas semanas, España ha dado un paso firme en el debate sobre la protección de la infancia en el entorno digital. El Gobierno ha planteado una reforma legal para impedir que menores de 16 años tengan acceso a redes sociales, obligando a las plataformas a verificar la edad de sus usuarios y a asumir mayor responsabilidad sobre los contenidos que difunden. La propuesta responde a la creciente preocupación social por el impacto que estas aplicaciones pueden tener en la salud emocional y el desarrollo de niños y adolescentes.
A estas alturas resulta ingenuo pensar que el control del consumo digital puede recaer exclusivamente en las familias. La realidad es que muchos padres y madres no cuentan con las herramientas técnicas, el tiempo, la energía, ni a veces el conocimiento, para supervisar de forma constante lo que sus hijos ven y hacen en internet. El resultado es una exposición cada vez más temprana a contenidos sexuales y violentos que pueden dejar una huella profunda en su desarrollo. Y a ello se suma un riesgo aún más grave: la vulnerabilidad ante adultos que utilizan las redes para captar, manipular o agredir a menores. Con este panorama sobre la mesa, sorprende que haya quien rechace cualquier regulación apelando a la libertad individual.
Madres y padres que dejan a sus hijos de cuatro años el móvil para poder comer tranquilos: empiecen a buscar vídeos de cómo hacer una gallina hinchable con un guante de gasolinera, una cañita y un vaso de plástico, porque después será más difícil quitarle el móvil cuando tenga diez años y se levante cada día media hora antes para ponerse tónico, sérum, crema hidratante y protector solar, tras horas viendo vídeos donde le repiten que su piel necesita cuidados para no envejecer; mientras tanto, las compañías ya habrán hecho su agosto asegurándose clientes fieles desde la cuna.
Niños de catorce años obsesionados con gurús de tatuaje en brazo que reducen el valor personal a la cuenta bancaria; adolescentes deslumbrados por el éxito fácil, atrapados en discursos materialistas, hipercompetitivos y profundamente superficiales, que confunden notoriedad con identidad y dinero con dignidad.
Y, a pesar de todo esto, ¿hay quien no está de acuerdo con las medidas que se quieren implantar? Quien esté en contra de esto es porque se le acaba el chollo de manipular las mentes más vulnerables. Intereses económicos y bulos que agitan el miedo a un supuesto control estatal. Si proteger a la infancia molesta, quizá el problema no sea la ley, sino el negocio. ¡Feliz jueves!
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