La otra orilla

El otro verano

Aunque en su día a día no se quejaba, cuando llegaba el verano siempre había un punto de escozor, de rabia

Ella no era una estadística. Pero sabía que las estadísticas jugaban en su contra. Cuando salían los informes de precariedad social, a ella le era fácil reconocerse. Siempre bajo el umbral de la pobreza. Y no es que las cosas le fueran especialmente mal. No. Tenía un trabajo, un piso, una moto… Pero desde que recordaba, nunca se había podido dar un capricho, siempre con deudas, con una hipoteca que le rebañaba la mitad de su sueldo mileurista. Era una trabajadora, se había buscado la vida siempre, se sacó los estudios trabajando en bares y otros empleos temporales.

En su día a día no se quejaba, se levantaba, iba a trabajar, recogía al niño del cole, comida, deberes, y vuelta a empezar. Cada vez que le surgía un gasto extra, una avería en la moto, una excursión del niño o una derrama de la comunidad, sus cuentas quedaban temblando varios meses. Entonces tocaba reducir gastos de la comida, de la moto, pedir prestado. Lo de siempre. Y desde siempre.

Y aunque, ya decimos, en su día a día no se quejaba, cuando llegaba el verano había un punto de escozor, de rabia. Porque no podían ir a ninguna parte, si acaso algún viaje cerca cargando bocatas, algún parque acuático que no pillara muy lejos. Y mientras, por el teléfono, le llegaban fotos de amigas que andaban en viajes por la costa, incluso por otros países. Y le dolía saber que ella nunca podría hacer esos viajes.

Ella no era una estadística. Pero las estadísticas la habían dejado encerrada bajo el maldito umbral de la pobreza. Y por supuesto que era consciente de que había muchas otras personas peor que ella. Mucho peor, viviendo en la exclusión social y todo eso. Pero saber eso no le quitaba a ella el escozor. Ya estaba, más o menos, en mitad de su vida laboral. Y a esas alturas ya sabía que la otra mitad sería igual, que para gente como ella no existe la promoción, las oportunidades, ni todas esas milongas de las frases de la tazas.

Su hijo salió del agua sonriente. Y esa sonrisa sí que le quitaba el escozor. Y aunque sabía que las estadísticas también determinaban el futuro de su hijo con claridad, esperaba poder conseguir romper esas estadísticas a favor de su hijo. Que ya corría de nuevo hacia el agua. Enseguida acabaría el verano y volvería a la rutina, trabajo, cole, comida, deberes… y se sometería de nuevo a la disciplina de las estadísticas. Y la rabia desaparecería hasta el siguiente verano.

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