La otra orilla

El otro verano de: Farhina

Está aterrada por un mal paso que dio hace poco más de tres meses, marcar un 'me gusta' en Facebook

Farhina es una mujer afgana. Quizás podría acabar mi artículo aquí, para qué más, esta frase recupera todo su significado público de dolor, de pobreza y de indignación. Resulta hasta grotesco preguntarse cómo estará viviendo su verano, me aparece inmediatamente un nudo en el estómago, y después desesperación, y después una inmensa pesadumbre por la humanidad. Pero Farhina existía antes de los acontecimientos de esta semana, aunque casi sin nombre.

Farhina es de Herat, en el norte. Está aterrada desde hace tres días, y no por volver a ver gente con kalashnikov por las calles, eso no había cambiado, sino por un mal paso que dio hace poco más de 3 meses, marcar un me gusta en una publicación de Facebook. Tuvo el atrevimiento de sumarse a una campaña internacional donde se reclamaba que las mujeres afganas fueran conocidas por su nombre, wherismyname, se llamaba. Y es que nada había cambiado, poder escribir su propio nombre era privilegio de algunas mujeres en Kabul, y de las emigradas, pero no del resto. Su única interacción con las formas occidentales de vida había sido navegar por Internet, y reivindicar un nombre, pero ahora podría acarrearle un castigo inimaginable. En todo lo demás había actuado discretamente, ya no era una niña y sabía que vivía ante un gran espejismo. Su madre le explicó que los americanos harían como los soviéticos, vendrían a buscar lo que les interesaba y después se irían, sin despedirse, -y no podrán domesticar esta tierra, no la entienden- le dijo.

Farhina vive en una tierra junto al Mar Caspio, donde hay reservas de petróleo, y los que manejan el mundo seguirán emponzoñándolo todo para hacerse con ese poder, aunque suponga asociarse ahora con el Estado Islámico de Afganistán. Farhina vive en un país donde se ha intentado imponer un modelo de sociedad a fuerza de chequera, y ha resultado un fracaso estrepitoso, al igual que pasará en Irak. Farhina, si puede volver a navegar por internet, leerá cómo en Europa nos rasgamos las vestiduras pidiendo que alguien haga algo, que viene a ser sinónimo de "¡que el policía del mundo mande a sus soldados profesionales a recuperar la cordura!", sin exponer nada más. Pero a Farhina, hija de Amina y madre de Kushia, aún nadie le ha preguntado qué quiere hacer en sus vacaciones, ni nadie le quita el miedo del cuerpo.

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