Envío
Rafael Sánchez Saus
Se veía venir
Como muchos de ustedes, queridos y hoy todavía aterrados lectores, soy un gran usuario del AVE. Solo en la semana de autos realicé cuatro viajes con Sevilla, Madrid y Zaragoza como sucesivos origen y destino de mi peregrinar. Debo decir que todo fue bien y que pasé feliz y contento, por la certeza de estar pronto de nuevo en casa, por el punto crítico de Adamuz 24 horas justas antes de la catástrofe. Eso sí, pude constatar la gran diferencia de confortabilidad entre los coches de la línea de Barcelona y la de Sevilla, más viejos, sucios y fatigados. ¿Será verdad que, como se contaba en otros tiempos, Renfe sigue destinando los mejores trenes a Cataluña por eso de que no protesten los catalanes?
No voy a entrar al fácil trapo de la petición de responsabilidades por el desastre de Adamuz, que para mí son evidentes y ya deberían haber producido efectos políticos, porque eso lo dejo a quienes poseen información y conocimientos sobre la cuestión, muchos al parecer por lo que se oye y lee en los medios, de repente llenos de expertos en ferrocarriles como ayer lo estuvieron de vulcanólogos, climatólogos o epidemiólogos. Los malhadados años del sanchismo se iniciaron con una pandemia general y ya hay quien está convencido de que para su final será necesario, como mínimo, un apocalipsis. Lo que si sé es que lo de Adamuz se veía venir desde tiempo atrás, justo desde que dejaron de ser noticia las incidencias continuas, las denuncias de los técnicos, el deterioro patente del servicio y hasta la inhabitabilidad de las salas de espera desde que alguna mente perversa decidió retirar la mayoría de los asientos para convertirlas en zocos tercermundistas con la gente tirada por el suelo. Alguien podrá decirme que traer nimiedades en días así es una frivolidad, pero yo soy de los que creen en el efecto mariposa y veo hilación entre un viajero sentado sobre su maleta en Atocha y otro saltando por una ventana en Adamuz, porque todo nos habla de falta de inversión y mantenimiento, de caos organizativo, de personal ausente o camuflado cuando se le necesita, de falta de consideración a los usuarios, de un desprecio que no podemos olvidar cuando vemos a los políticos contritos ante el espectáculo final de las vidas truncadas, de la sangre derramada.
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