Nuestras pequeñas victorias

11 de marzo 2026 - 03:08

Juan se me queja de que hay que ver que no me ve. Que sale poco rato, dice, y que así se le complica lo de andar paseándose por media Huelva saludando a diestro y siniestro. Que la Mari no le deja porque resulta que ya se ha caído dos veces y le da miedo. “Es normal, Juan, no me lamentes tanto” -le digo, con su mijita de coña- “que esta vez no te voy a dar la razón, porque a la Mari hay que entenderla también”, y él, que aunque se queja (porque se queja) en realidad lo sabe, asiente, reconoce la cosa con un “ya, ya” y me cambia de tema porque se ha acordado de la Plaza de San Pedro, de sus visitas al periódico cuando estaba allí y de los callos de Gerardo, que estaban de muerte, aunque no los hacía Gerardo, sino Fina, le recuerdo, y de ahí no tenemos más remedio que irnos otra vez a la Mari y a los riñones al Jerez que me llevaba a Sevilla como pago inexcusable por los portes de fiambreras para el niño, que anda por allí en ese momento dando vueltas con la sonrisa de oreja a oreja y los ojos achicaos, saludando a todo el mundo, eufórico. Ha sido un día grande hoy. Un día especial para la familia y para el montón largo de amigos que la alargan. Entre unos y otros, la familia gigante de Juan Romero ocupa media plaza de Don Miguel y hay tanta felicidad por metro cuadrado allí dentro que apenas puedo oír a Juan con el jaleo, así me acerco todo lo que puedo y le digo, sabiendo dónde pincho, que pa él un rincón está muy bien, pero que a la Mari habría que ponerle un monumento, por aguantarlo, y él se ríe y entonces se le encienden los ojos y me dice, con un temblorcillo ligero en los labios que trata de disimular pero que a mí no se me escapa porque estoy pegao, que hay que ver, que quién le iba a decir… y que qué contento está. Y yo le digo que de eso se trata, de estar contentos, pero que yo lo estoy todavía más, y le meto un beso y me voy diciéndole adiós pero sin decirle por qué. Sin explicarle, porque es difícil de explicar, que estoy feliz no solo por él, que por supuesto, ni solo por su Mari, que hoy está deslumbrante, ni por Carmen, por Inés, por Juano, por Paula, por Lucía, por María y por toda esa familia postiza pero auténtica que han logrado juntar solo de gente que los quiere, que ya hay que tener mérito, sino porque con esta alegría suya de hoy uno siente que no todo está perdido. Que una calle, un rincón, dedicado a Juan Romero es un homenaje a la humildad y a la sencillez de la buena gente. El recordatorio, tan necesario en estos días inciertos, de que nuestra mayor esperanza es saber que, de vez en cuando, también ganan los buenos.

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