El zurriago
Paco Muñoz
Nuestras pequeñas victorias
Nunca como ahora el recurso a la sentimentalidad ha tenido tanta importancia en cualquier orden. Lo vimos el otro día con ocasión del discurso del presidente de la Junta que, saltándose todas las barreras protocolarias, rompió a llorar recordando a las víctimas del accidente ferroviario. Algo de eso advertimos en las palabras de la actriz Susan Sarandom con los efluvios de los premios Goya, al borde del llanto (ya son ganas de llorar…) cuando glosaba las bondades de las políticas del Gobierno. Por lo que parece, aquí todo el mundo tiene alma de pregonero.
Ni siquiera la Iglesia se libra de esta ola de sentimentalismo. Hasta hace poco, nadie hubiera pensado que un grupo de música de contenido religioso llenara estadios; o nos llevaríamos las manos a la cabeza con sólo pensar en un sacerdote pinchando cual DJ de discoteca, y dejando de paso por los suelos el viejo sentido subversivo del rock. De la misma manera, no hay nuevo movimiento de carácter eclesial que no apele al recurso de la emoción compartida para atraer a tantos como buscan encontrar algo de sentido a sus vidas, en ese entorno desarraigado y consumista en que les ha tocado vivir. Vencido el recelo inicial, muchos curas han terminado por aceptar modelos de origen americano tan ligados a la emoción y a la experiencia, y tan lejanos en principio a valores de la ética cristiana como el discernimiento y la razón, que han supuesto un innegable revulsivo en las nuevas generaciones de fieles.
Los obispos españoles acaban de sacar una nota en la que, valorando la creatividad de estas formas novedosas de acercarse a la figura de Jesucristo, alertan sin embargo sobre los riesgos de un “reduccionismo emotivista de la fe” que lleve a la persona a convertirse en consumidor de experiencias, recargando el lado emocional o afectivo propio del hombre posmoderno. Algo que podría caer, dicen, en un “abuso espiritual” o “falso misticismo” que desvirtúa una auténtica visión de Dios, apelando al magisterio en la espiritualidad de referentes como Ignacio de Loyola, Teresa de Jesús o Teresa de Calcuta. En realidad, esta preocupación del episcopado por los excesos de la sentimentalidad en la fe es extrapolable a otros ámbitos, y tiene mucho que ver con esa concepción global de un mundo dominado por las redes sociales que fortalecen gregarias actitudes acríticas y, por tanto, manipulables.
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