En tránsito
Eduardo Jordá
Utopías
Cada vez que oigo a algún intelectual despotricando contra el capitalismo –la última es una poeta que cree que la monogamia heterosexual es una forma de explotación capitalista–, me acuerdo de la historia del falansterio utópico de Jerez. Esa historia, creo, no es demasiado conocida, y debería serlo, porque ese falansterio fue la primera comuna utópica que se ideó en España según las ideas anarquistas de Charles Fourier. Fourier creía que los seres humanos, para ser felices, debíamos vivir en una comuna llamada falansterio donde cada persona –hombres, mujeres y niños– trabajaría de acuerdo con sus pasiones y compartiría la riqueza hasta llegar a la armonía total. El Estado sería abolido. El ejército sería abolido. La propiedad privada sería abolida. Y cada falansterio albergaría a unas 2.000 personas, no más. Fourier, que tenía alma de ingeniero y de arquitecto, diseñó los falansterios con planos muy detallados. En un falansterio tenía que haber jardines, teatros, galerías, celdas, baños y huertos. Todas las actividades debían estar regladas de acuerdo con un orden inamovible. El resultado –Fourier estableció unos reglamentos muy estrictos– era un edificio que parecía una tenebrosa mezcla de monasterio, hospicio y presidio.
Pues bien, el primer falansterio de Fourier en España tenía que abrirse a las afueras de Jerez, en Tempul, en un remoto año de 1841. El proyecto fue idea de un marino de Tarifa de nombre Joaquín de Abreu, que se exilió en Francia después de la guerra de la Independencia y que descubrió el primer falansterio de Fourier en una comunidad rural francesa. Cuando regresó del exilio, Abreu decidió fundar una comuna que fuera a la vez una utopía societaria y una “República de los Pobres”. Abreu consiguió dinero de uno de sus amigos y emprendió la fundación de su comuna. Pero la cosa no funcionó –no está muy claro por qué– y al final la ofreció a la Diputación de Cádiz. La Diputación no supo qué hacer con aquel proyecto utópico que prometía la armonía y la equidad universal y acabó olvidándose del proyecto. Abreu acabó sus días como administrador de loterías en Cádiz.
Ya ven, amigos, cómo acaba la búsqueda de la utopía en este perro mundo: en una Diputación provincial o en una administración de loterías. Y luego nos quejamos.
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