Dólares.

Dólares. / H.I. (Huelva)

Se nos ha pasado algo por alto esta semana. Y es lógico. Andamos consternados por la violencia infame e indiscriminada contra los civiles en Palestina e Israel que ha dejado la guerra de Ucrania reducida a una escaramuza de la que ya ni nos acordamos. En otra guerra, también nos bombardean a diario –las casualidades no existen– con el apocalipsis de una España que se rompe y una amnistía que ya han valorado sesudamente todos los expertillos de a pie en derecho constitucional. En Cataluña preocupa la sequía –seguramente más que el procés– y, en Galicia, que el orballo y la barrufa se les hayan transformado en trombas de agua arrasadora. En Huelva, los vientos huracanados del domingo 22 nos han dejado en las calles un “arboricidio” que también apena y, en el cerebrito reptiliano de algunos negacionistas, la duda silenciosa de “a ver si va a ser verdad esto del cambio climático”. Bajan el paro, la luz y la inflación, pero vivimos pendientes del euribor y con un miedo atroz a no poder hacer barquitos de pan en un goterón de aceite de oliva virgen extra en este crudo invierno sin vareo. Algunos habrán dedicado toda su atención al “clásico” y habrán disfrutado de los goles estratosféricos de Bellingham, gritando “viva la mare que te parió”, pero sin preguntarse, pienso yo, si los antepasados de la susodicha llegaron ilegalmente en patera o en cayuco desde la miseria africana hasta la feracidad europea o en el business de un avión desde Windhoek. Desde luego, ha habido donde entretenerse: la Olona desvelando las corrupciones económicas de su antiguo jefe y amigo; los tristísimos informes sobre la pederastia en los entornos religiosos; el tiroteo en Maine por obra y gracia de una enmienda constitucional de 1791 que a algunos les parece imprescindible, porque, si se deroga, también se van a romper los EE.UU.

Se nos ha pasado algo por alto esta semana. Y no es extraño, porque ya la mente no nos da para procesar tanta información y tanto desastre y porque, a veces, miramos los noticieros con sus imágenes en bucle fuera de contexto y las declaraciones acusadoras e insultantes de los protagonistas y no leemos las frasecillas, aparentemente inocuas, que van pasando por debajo como en un antiguo teletipo. Pues sepan que esta semana ha dicho el Observatorio Fiscal de la UE –no mi primo el de Alcorcón– que la riqueza que España acumula en los paraísos fiscales asciende ya a 140.000 millones de euros. Esto viene a suponer que España pierde anualmente 6.000 millones de euros en impuestos de los más ricos. Tan solo en un año, con esa cantidad podría construirse cinco veces el AVE de Sevilla a Huelva, levantar 60 hospitales, construir 2.000 colegios y pagar 5 millones de pensiones mensuales.

Seguro que estos tíos Gilito que se han llevado su dinero a Holanda, Malta o las Maldivas están en este momento ahogándose porque tienen la boca llena de billetes o de palabras como “España”, “patria” y “democracia”. Se estarán ahogando, pero está claro que nunca tienen suficiente.

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