Caleidoscopio
Vicente Quiroga
Playas en peligro
Estamos ahora mismo como locos reformando cocinas, quitando el gotelé de las paredes y restaurando el mueble que hemos heredado de la abuela y que nos ocupa medio salón. No te preocupes si no tienes ni idea, lo puedes hacer tú misma: busca un tutorial en Youtube y sigue paso a paso las recomendaciones de los hermanos García: si ellos pueden hacerlo, tú también.
¿Tienes que cambiar el grifo del fregadero? ¿Para qué llamar a nadie y gastarte el dinero que tanto te cuesta ganar? ¿Quieres tirar la pared que separa la cocina del salón? Compra una machota, ponte unas gafas de protección y adelante, que nada te detenga. Al tercer golpe empezarás a preguntarte cómo es posible que eso pese tanto. Y antes siquiera de derribar el muro, piensa si te gusta asar sardinas, porque te vas a pasar una semana con ese olor metido hasta en la cortina del baño.
Las redes están inundadas de vídeos de gente haciendo sus pinitos en el mundo del bricolaje, y no sé si será por eso por lo que el gremio de albañiles, pintores, fontaneros y electricistas está ahora tan demandado. ¿Se quedaron sin trabajo, buscaron otras opciones y por eso hay menos profesionales? ¿O, por el contrario, están tan liados porque les toca arreglar los desastres de quienes se pusieron manos a la obra sin saber ni clavar una puntilla? A día de hoy, si llamas a un albañil, te da cita —como mínimo— para dentro de seis meses, y si quieres asegurar fecha tendrás que pagar un adelanto, algo que, sinceramente, me parece justo.
—Vengo a por un bote de pintura color mostaza para pintar una estantería. —¿Le ha puesto antes una capa de imprimación, verdad? —¿Eso qué es? — Vaya por Dios. ¿Al agua o sintética? —¿Qué diferencia hay? — Otro día igual que el anterior… ¿Mate o satinada? —¿Eso es como las fotos? —No me pagan lo suficiente. —Pero este color no es el que quiero. —Éste es mostaza, señora. —Pero lo quiero un poco más amarillo. —Se lo puedo hacer. Mire este catálogo con cien mil tipos de amarillos y me dice cuál quiere. —Pues ahora no lo tengo claro, hay tantos… ¿Me lo puedo llevar a casa? No traigo las gafas…—Señora, ¿cómo se lo va a llevar a casa?
Cuando estás metida hasta el cuello y tienes que entrar en casa esquivando la escalera, los botes de pintura y el suelo vinílico que empezaste a poner en el baño y dejaste a medias, ya no hay vuelta atrás. Lloras en una esquina de la cocina mientras te comes un bocadillo con pan de ayer, porque pusiste sobre la encimera todos los libros de la estantería que querías pintar de color mostaza. ¡Feliz jueves!
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