Caleidoscopio
Vicente Quiroga
Playas en peligro
Después de 45 años, el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 se encuentra en la esfera de estudio de los historiadores y no tanto de los periodistas, tendentes al presentismo y a soslayar los contextos pretéritos. El relato histórico del 23-F no ha cambiado con la desclasificación de los documentos del Gobierno, el papel del rey Juan Carlos I en el desmontaje de la trama militar fue concluyente, tanto es así que aquellos mandos castrenses que impidieron la movilización de las unidades declararon a quien sería el nuevo ministro de Defensa, Alberto Oliart, que hubieran respaldado el golpe si el monarca se lo hubiera ordenado.
El personaje principal de la trama fue el general Alfonso Armada, personaje cercanísimo al Rey, que propició dos operaciones, una legal, conocida como la solución por muchos, y la otra fuera de la Constitución, que se puso en marcha sólo cuando Adolfo Suárez dimitió y que tuvo como iniciador la entrada de Antonio Tejero en el Congreso. Tonto, desgraciao, te han utilizado como una colilla. No le faltó razón a su esposa.
La primera Operación Armada, la legal, tenía como objetivo la sustitución de Adolfo Suárez como presidente del Gobierno por el general, mediante una moción de censura. Contra Suárez conspiraban todos, la oposición, los obispos, los empresarios y su propio partido, además de que era notorio que había perdido la confianza del Rey. Eso no significa que los interlocutores de Armada fueran a apoyarle, pero Adolfo Suárez, que sabía de estas maniobras, dimitió y propuso como sucesor a Leopoldo Calvo Sotelo, sobrino del protomártir de la Guerra Civil de la derecha española. Impecable para ese momento, y el Rey aceptó.
Frustrado, Armada pone en marcha el intento de golpe y desempolva una de las propuestas que se habían manejado en los servicios de inteligencia: un suceso de una categoría constitucional extraordinaria que le obligase a actuar a él y al Rey.
La peligrosa idea de Tejero de asaltar el Congreso toma cuerpo de realidad, pero es Zarzuela la que frustra a Armada. Muere el último golpista vivo y se pone fin a una historia en la que aún queda por saber el papel real que tuvo José Luis Cortina, el hombre del Cesid que vigiló los autobuses de los golpistas, y en quien confluyen las dos operaciones de Armada, la legal y la ilegal. Él fue el único acusado absuelto en el juicio.
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