Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Silencio
Siempre me pedía a María Clauss. Hace tropecientos años, cuando los dos éramos unos niñatos y trabajábamos en este mismo periódico que está usted leyendo ahora y nos creíamos unos intrépidos reporteros que podíamos cambiar el mundo -ella siguió creyéndolo y yo me di, supongo, por vencido-, María ya hacía magia. Su forma de ver la vida tras el objetivo era especial porque convertía en extraordinario la cotidiano: desde la vulgaridad de una rueda de prensa hasta el retrato de un entrevistado o la escena que abría una crónica cualquiera terminaban transformándose en pequeñas obras de arte, y yo, que sería un niñato pero de tonto no tenía un pelo, procuraba que formaran parte de mis trabajos siempre que podía, porque todo era mejor con una foto de María Clauss. Ella era, sin embargo y sobre todo, una artista, así que terminó dejando esto de la prensa para centrarse en proyectos que le permitieran dar rienda suelta a esa creatividad tan abrumadora que tenía. Tuve la suerte de coincidir con ella en algunos de esos, como el fantástico WofestHuelva que se inventó con María Luisa y Gele, y en todos ellos lograba sorprenderme. Admirarla. Una y otra vez, por muchos años que pasaran, por mucha experiencia que tuviera, siempre aprendía algo de ella. María tenía, cómo tenía Óscar, esa curiosa capacidad que tiene la gente extraordinaria de hacernos mejores a los que los conocemos, de inspirarnos. Por eso no se irá nunca. Todos guardamos un trocito de ella en alguna parte.
Estos días estoy pensando mucho en la muerte, supongo que como todos ustedes, y aunque sigo en un mar de dudas, he llegado a reconocer algunas certezas. La primera es tan obvia que a veces la olvidamos: la muerte es inevitable. Siempre está ahí, da igual cuánto creas que la esquivas. Hagas lo que hagas, antes o después, de una manera o de otra, termina por pillarte, incluso cuando más improbable parece. La segunda certeza es, en realidad, sobre la vida, porque es ella, la vida, y no la muerte, la que decide hasta qué punto morimos de verdad. Todos guardamos algo de alguien en alguna parte. Cosas que no eran nuestras, sino suyas, y que ahora usamos como nuestras. Un chiste, un refrán, la forma en que cocinamos el pollo, cómo reaccionamos ante una injusticia, de qué manera apretamos el obturador... Lo que hacemos en nuestra vida, lo que hacemos con las personas con las que coincidimos el tiempo que estamos aquí, nos hace, de alguna manera, formar parte de ellas cuando ya nos hemos ido. Es nuestra forma de seguir aquí. De permanecer. “Contigo siempre, Paco”, me dijiste una de las últimas veces que hablamos. ¡Ay, María! Claro que sí. Estés donde estés. Estarás con nosotros siempre.
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