Vía Augusta
Alberto Grimaldi
¡No a la tregua!
LAS dotes de Pedro Sánchez para el oportunismo político son sobradamente conocidas y no pocas veces razón de su supervivencia en el poder. Aunque lo cierto es que desde que perdiese por fallecimiento a Miguel Barroso como hacedor de esos milagros, el resultado no ha sido ni tan brillante ni tan exitoso. Sobre todo porque desde 2024 se le acumulan los escándalos de corrupción que afectan a su entorno íntimo: político y personal. Y, por tanto, a él. Sánchez lleva buscando desde hace tiempo un relato que le saque del pozo demoscópico y electoral en el que está el PSOE. Lo intentó con Gaza tras un verano negro por el encarcelamiento de Santos Cerdán. Fue un espejismo que no ha movilizado a la izquierda.
Desde hace meses trata de ser antagonista europeo de las barrabasadas de Donald Trump (o de los tecno-oligarcas que le apoyan) con el mismo objetivo: arrebatar completamente el electorado de la izquierda radical. El presidente estadounidense, vaya por delante, se lo pone bien fácil: nulo respeto al derecho internacional, voladura del multilateralismo y –un auténtico regalo– ataques directos contra España por sus decisiones.
El condenable bombardeo sobre Irán desde el pasado sábado –por más deleznable que sea la teocracia que intenta derribar– le ha dado la oportunidad a Sánchez de resucitar el marco que a principios de siglo dio una victoria a Zapatero contra pronóstico: “La posición de mi Gobierno se resume en cuatro palabras: ¡No a la guerra!”, teatralizó en una comparecencia de plasma –de las que reprochaba a Rajoy– el miércoles. Y lanzó a sus ministros y a quienes siguen sus consignas a percutir con el lema que derribó el aznarismo en 2004. El paralelismo es chusco: es el PSOE quien gobierna España y no el PP y ningún partido respalda la violenta unilateralidad de Trump, por más que carguen contra el desnortado Alberto Núñez Feijóo y sus conmilitones. Tampoco España ha participado en la gestación de esta guerra, como entonces.
Su oportunismo populista le lleva a utilizar la devastación como agente movilizador de su electorado, que él ve en la abstención –aunque los datos de participación de recientes elecciones no dicen eso–, para que soterre el enchufismo a su hermano, el puterío promocionado desde un ministerio, las cutres mordidas de sus lugartenientes o la utilización del poder por su esposa para hacer negocios. Incluso hay quien barrunta –yo no– un doble adelanto electoral –nacional y catalán– coincidente con las autonómicas andaluzas de junio. Para siquiera intentarlo, necesita que la barbarie perdure. Por eso su lema en realidad es: ¡No a la tregua!
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