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El pensamiento líquido es propio de una modernidad con ese mismo carácter, esto es, adaptable, fluida, como el agua, aunque al líquido elemento le falte voluntad y los sujetos modernos cuenten con el albedrío para ordenar, o desordenar, sus conductas. La metáfora líquida se debe al destacado raciocinio del sociólogo Zygmunt Bauman. Y no solo la aplicó al pensamiento, sino también al amor para caracterizar, así, las relaciones interpersonales contemporáneas. Bastante mejor quedarse, entonces, con El amor en los tiempos del cólera, la obra maestra de García Márquez, que con este amor en los tiempos de la posmodernidad, o quizás mejor de la modernidad tardía. Sostiene Bauman que los usos amorosos de hogaño o, sin llegar a esa expresión del vínculo, las relaciones más o menos afectuosas entre las personas –el amor al prójimo–, se dan con falta de solidez, de manera superficial y descomprometida. Asimismo, son fugaces y tienen más de calentura que de calidez. El individualismo, sobre todo se si exacerba, está presente, ya que vínculos estables y duraderos, no episódicos y cambiantes, fuertes y no inconsistentes, parecen aminorar la autonomía personal. Incluso, con el trasfondo del consumismo, los ámbitos de la vida, como este del amor, se mercantilizan. De suerte que las relaciones satisfacen necesidades. Luego el eterno presente posmoderno –casi el síndrome de Peter Pan– y el usar y tirar propios de la sociedad de consumo afectan al amor e, Internet mediante, prevalecen las conexiones sobre las relaciones, la virtualidad recreada sobre la presencialidad del roce. Conectar y desconectar, entonces, como alternativas cambiantes de relación, faltas de implicación y sin profundidad. Nada es sólido, por ello, como pudo serlo en otros tiempos con valores o resoluciones más firmes y menos volubles, sin que deba asimilarse esto a la máxima categórica de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Si bien el miedo al compromiso, la sustitución de las costumbres por las modas, la fragilidad de las ideas, el dominio de la incertidumbre o la prevalencia del cambio no son las mejores condiciones en estos tiempos poco recios. Y si el amor líquido afecta al ámbito de la cercanía interpersonal, el pensamiento líquido, aunque se señale con ello su versatilidad adaptativa, es más bien resultado de la falta de criterios y certezas valiosas, e incluso de una adaptación instrumental. Entendida esta como tener pocos reparos en cambiar de concepciones, ideas, posiciones o posturas si, con ello, se satisfacen intereses.
Habrá, así, que corregir la metáfora o señalar que el pensamiento líquido procura el beneficio de la liquidez.
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