La otra orilla
Dimas Haba
Yo pregunto
Aquí donde me ven, tan peripuesto con mi camiseta kitsch y este halo intelectualoide de leído y culto que desprendo, con toda mi música indi y mis arrebatos poéticos, con esta pose que gasto que ni el David Uclés, a mí lo que siempre me ha gustado ha sido la trochería. Qué le vamos a hacer. En mis locos años noventa, este que ven tenía todos los discos de los Chanclas, se sabía todas las canciones de Los Inhumanos, Un pingüino en mi ascensor o Dinamita pa los pollos (que no eran tan trochos pero tenían una performance muy trocha con dos coristas trochas y muy buen rollo), y hasta se compró la cassette del primer disco de The Resfrescos, un grupo que sigue dando guerra a pesar de los años y que se coronó con un temazo de esos que, 35 años después, todavía se canta en todas las fiestas. Aquí no hay playa fue, más que una canción, un himno. El grito de guerra con el que los periféricos como los de Huelva arreábamos a los colegas de Madrid -también a los de Sevilla, si se terciaba- recordándoles su carencia más dolorosa.
Las vueltas que da la vida. A poco que nos descuidemos van a tener que venir ellos a cantarnos a nosotros la cancioncita. Lo harán en AVE, menos mal, pero menuda sorpresa que se van a llevar cuando se asomen por Matalascañas, El Portil o La Antilla y descubran que todo aquel recochineo, que si la brisa, que si tumbarse al sol, que si la arena fina y las aguas tranquilas, era un anuncio del Temu, y que ahora todo se ha quedado en un triste espantajo, en un paisaje flacucho y huesudo, roto, por culpa del cambio climático, de las cosas mal hechas, de los chaletes en primera línea de playa y de la inacción insoportable de presidentes, alcaldes, concejales, delegados, parlamentarios, diputados, senadores y todos los que, sabiendo lo que se venía encima, decidieron que lo mejor era no hacer nada y mirar para otro lado, no fuera que se les agitara el avispero y tuvieran que bajarse de sus cómodos sillones. Tampoco es que les haya ido mal: ahí siguen, echándose ahora las manos a la cabeza, ay qué susto, los pobres; echándoles la culpa a los que construyeron todo aquello, por hacerlo, a los propietarios de entonces, por comprarlo, y a los de ahora, por quejarse; y sobre todo echando balones fuera, que en eso no hay quien les gane, prometiendo el oro y el moro aunque, de momento, tengamos medio litoral patas arriba sin que nadie haya puesto todavía sobre la mesa ni una sola idea decente, que ya verán ustedes que se nos echa encima el 2050 y nos vemos al final con nuestro flamante AVE, con nuevas autopistas, un aeropuerto y un montón de políticos colgándose medallas, pero al llegar agosto, vaya, vaya…
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