El mayor pecado del hombre

No hay más que ver cómo ayer aplaudían a los sanitarios y ahora les llaman criminales por tener que atenderles por teléfono

Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno". La sentencia, atinada como muchas otras suyas, pertenece a Don Quijote y nos la deja caer cuando va camino de Zaragoza, en medio de una fingida Arcadia, para que cuatrocientos años después podamos comprobar su irrecusable vigencia. Les invito a leer el párrafo completo de su alegato, pues no tiene desperdicio; pero, mientras tanto, también les invito a que miren a su alrededor y comprueben cómo el desagradecimiento cunde por doquier. Con qué facilidad se recibe, se reclama, se pide, se exige y se reivindica… y con qué dificultad y miseria se agradece lo que se obtiene o se recompensa -basta una palabra de cortesía- a quien se ha esforzado por conseguirlo, concederlo, proporcionarlo o regalarlo. No hablo de favores impropios o irregulares; ni siquiera hablo de favores, sino de las relaciones habituales entre las personas y sus tratos cotidianos. La legitimidad de la reivindicación no debería ser nunca impedimento para el agradecimiento, puesto que este es, sin duda, la confirmación más evidente y humana de la contingencia real de las cosas y la visibilización de cómo la generosidad y la justicia pueden vencer al egoísmo y a la incuria.

Pareciera, en cambio, que todo el mundo merece cualquier cosa, a costa de lo que sea y de quien sea, y que por el solo hecho de disfrutar de estos merecimientos ya se podría prescindir de algo tan noble y barato como el agradecimiento. Una famosa marca de productos cosméticos lo ha inmortalizado en su publicidad: "Porque yo lo valgo". Y una buena parte de nuestra acomodada sociedad occidental ha interiorizado que "tener" es un derecho, sin asumir que "agradecer" es un deber.

Quizás por eso, de haberlo, el agradecimiento ha sido desterrado de la política e, incluso fuera de ella, es también obstinadamente fugaz y olvidadizo. Pongo un ejemplo entre muchos, tan triste como cercano. No hay más que ver cómo algunas personas que ayer aplaudían fervorosamente a los sanitarios desde sus balcones por jugarse la vida en los hospitales ante la Covid-19, ahora les llaman criminales cuando, por razones ajenas a su voluntad, tienen que atenderles por teléfono para evitarles un contagio mortífero. No lo supongo ni me lo invento. Lo he presenciado el otro día en un Centro de Salud mientras una señora, que decía tener dolor de garganta, profería insultos y alaridos que llegaban a la tercera planta.

Y es que no me queda ninguna duda: la vanidad y el egoísmo del hombre nunca perdonan el bien que se le hace.

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