En directo Los fallecidos eran "tres buenos estudiantes con vocación social"

Sin mascarillas somos más feos

"Hasta los seres más queridos dejan esa extraña sensación, entre la sorpresa y la decepción, cuando se quitan la mascarilla"

Tenía yo la cosa de que una de las imágenes más impactantes de la pandemia, de esas que identificarían los tiempos que nos han tocado vivir, de las que quedan para la historia en fotos en blanco y negro, iba a ser lo de tener que ir por todas partes con la mascarilla puesta. Imagínense el impresionante retrato para la posteridad: miles de millones de personas por todo el mundo, en poblados de la selva, ciudades, playas y desiertos, con la cara tapada. Pero resulta que lo que estaba por llegar era mucho peor: lo realmente duro es que ahora podemos quitárnoslas. Ha sido poco a poco, eso sí. Primero fue en el campo, luego en la calle y hoy, por fin, podrá ir uno por la vida sin mascarillas, aunque no en las farmacias y el transporte público, supongo yo que por alguna razón científica acojonante. Tampoco podrán los niños en el cole, dice la Junta, intuyo que por las mismas sesudas razones. Será el premio por haber sido los únicos que se han comportado como debían todo este tiempo... En fin, que aún habrá que llevarla guardada en algún sitio, claro, no sea que haya que entrar en el autobús o comprarse un ibuprofeno. No sé ustedes, pero ya me imagino yo llevándola como cuando saco a la calle el bote -lleno- para el análisis de orina: que va uno como avergonzado, sin saber muy bien dónde meterlo. Pero ese es un problema menor. De lo importante de verdad aún no nos hemos dado cuenta. Como nos han ido quitando el bozal gradualmente hemos conseguido minimizar el trauma de tal manera que parece que no ha pasado nada, pero sí que ha ocurrido algo y ustedes lo saben tan bien como yo, aunque no se atrevan a decirlo en voz alta porque pueden pensar, qué se yo, que son imaginaciones suyas. Pero nada de eso. Solo hay una verdad y es esta: sin mascarillas todos somos más feos. Sin distinción: hasta los seres más queridos dejan esa extraña sensación, a caballo entre la sorpresa y la decepción, cuando se la quitan. Y de los demás, qué quieren que les diga: sigo sin salir de mi asombro cuando veo, sin trapos de por medio, alguna cara que hasta hace poco solo conocía de ojos para arriba. Igual que el video kills the radio star, la mascarilla frenó el virus y mató la fealdad. Pero solo lo hizo temporalmente. La realidad, tan incontestable como de costumbre, nos recuerda hoy que, aunque en plena pandemia todo el mundo parecía guapo, solo se trataba de un espejismo. Ya no somos ni tan guapos ni tan simpáticos. Ya no saludamos a los vecinos ni aplaudimos a nadie. No nos acordamos de los enfermeros de la UCI ni de los mayores de la residencia ni somos tan solidarios como entonces. Como en un bal masqué medieval, hoy toca el "fuera máscaras" definitivo. Nos quitamos las mascarillas para confirmar que seguimos igual de feos que siempre.

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