La otra orilla
Dimas Haba
Yo pregunto
Me encantaban los chistes de Arévalo. Los escuchaba sin parar. Llegaba a casa de mi abuela María, me pillaba sus cintas y las ponía una detrás de otra. Un día, sin embargo, dejó de hacerme gracia, supongo que a fuerza de repetirlo, que uno de tanto hacer lo mismo le puede llegar a coger manía hasta al jamón. (Bueno, al jamón, no). La cosa es que no sospeché nunca que eso mismo le había pasado a más gente hasta que mi suegra me contó la historia de cuando fue a verlo a no sé qué teatro y había tan poco público que el pobre no quería ni salir. Lo veían asomar la cabecita una y otra vez, como la vieja del visillo, pero por más tiempo que pasaba, allí no entraba ni una mosca, así que no le quedó otra que arrancar con el show ante su minimalista público.
Afortunadamente para él, por entonces no había redes sociales, porque si llega a haberlas, dudo mucho de que el pobre Arévalo se hubiera escapado del escarnio público, con esta costumbre tan nuestra de andar riéndonos del fracaso ajeno, si es que es un fracaso ser un artista reconocido que un día resulta que no llena un teatro. Un tipo que lo hace a menudo, lo de llenar teatros, es el actor y humorista Álex O’Dogherty, que hace poco sorprendió a todos con una foto en la que se mostraba radiante junto a los asistentes a la proyección de su documental, De todos lados un poco, en un cine de Bilbao. La sorpresa no era tanto el detalle de que aquel público lo formaran solo cinco personas como en que el gaditano lo hubiera publicado tan ricamente en sus redes sociales. No todos entendieron el mensaje y hubo bromitas, claro, pero lo que hizo O’Dogherty fue recordarnos que no siempre sale todo bien, que nadie es tan perfecto y que todo el mundo tiene un día más malo que otro, por mucho que veamos constantemente a gente perfecta en situaciones perfectas.
Que no somos menos felices que toda esa gente que le hace fotos a hamburguesas de colores, a la ventanilla del avión o a una copa con purpurina, ni que esa familia que se graba cantando a coro en el coche o el grupo de amigos que bailan como los Jackson Five. Estamos tan acostumbrados a ver a los demás en situaciones excepcionales que pensamos que nuestra vida es una mierda en comparación, pero os voy a contar un secreto: sus días son tan malos y tan buenos como son los vuestros, y estoy seguro de que nos iría a todos mucho mejor si publicáramos tanto de los unos como de los otros. Si también mostráramos la parte chunga de la vida. Si te aburres en una fiesta, si se te quema el arroz, si no te cierra el pantalón, si tienes agujetas, si se te caga encima una paloma… Hagámonos un favor y llenemos nuestras redes de días malos y gloriosos fracasos. Ya veréis como terminamos todos siendo mucho más felices.
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