Cuando la luna une caminos

22 de febrero 2026 - 03:11

El miércoles pasado comenzó la Cuaresma, tiempo sagrado para los cristianos. Y ese mismo día también se inició el Ramadán, mes santo para nuestros hermanos y hermanas musulmanes. Esta coincidencia tan poco frecuente no debería ser solo una casualidad, sino convertirse en símbolo del camino de comunión que ambas religiones están llamadas a recorrer. Son dos tiempos distintos, pero profundamente parecidos. Aunque uno dura cuarenta días y el otro treinta, los dos están marcados por la luna y comparten un mismo anhelo: orar, reflexionar y purificarse para crecer espiritualmente. Interrumpen la rutina e invitan a vivir con mayor conciencia. No existe precepto sagrado –sea cual sea la religión– que no haya sido oscurecido en algún momento por interpretaciones interesadas. Son lecturas sesgadas que buscan dominar, mediante el miedo o la culpa, a quienes emprenden un camino espiritual. Sin embargo, el sentido original de estas propuestas no es oprimir, sino liberar. No sé mucho del Corán, intento aprender con humildad. Pero me enseñan más las personas musulmanas que, residiendo en contextos que no siempre facilitan sus prácticas –el ayuno durante las horas de luz, los cinco rezos diarios–, viven el Ramadán con esfuerzo y alegría mientras trabajan en la recolección, cuidan de personas mayores, estudian o desempeñan duros oficios en la construcción. La Cuaresma es un camino que atraviesa la austeridad y el recogimiento para desembocar en una gran alegría: la vida vence a la muerte. El Ramadán, por su parte, se vive con una actitud festiva y esperanzada, con la certeza de que, al finalizar los treinta días, Dios ha perdonado los pecados. Estaríamos hablando de un Dios profundamente injusto si condenara al ser humano a una culpa imposible de reparar. Ambos son tiempos que interrumpen nuestras rutinas mecánicas para despertarnos. El ayuno habla de depuración del cuerpo, pero sobre todo del espíritu. La limosna expresa el principio ético de la solidaridad, que en el plano espiritual se eleva a fraternidad entendida como deber moral: nadie en su sano juicio puede ser feliz viendo sufrir a un hermano. Y la oración es meditación, es conexión con ese espacio interior que no se localiza en ningún punto del cuerpo, pero del que sabemos que brota nuestra paz. Ojalá esta coincidencia no sea cuestión de calendario. Tal vez la luna, silenciosa y constante, nos recuerde que, más allá de las diferencias, compartimos la misma sed de sentido, de perdón y de trascendencia.

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