Vía Augusta
Alberto Grimaldi
Inmolación
Mientras los días se alargan, leer a Camus, Romero Murbe, Proust y Sierra mientras suenan Falla y Turina. Desde hace muchos años son mis compañeros en el camino hacia la luz. Tantos años, que compraba los libros en Sanz y la Montparnasse del querido y recordado André Duval. Tantos, que los leía en el patio de La Casa de los Artistas. Tantos, que compraba los discos en Casa Damas y los oía en mi tocadiscos Dual. Tantos, que descubrí la fuerza de Falla oyendo a la agónica Orquesta Filarmónica de Sevilla dirigida por Luis Izquierdo en un decadente teatro Lope de Vega interpretando la Danza nº 1 de La vida breve; y que mi primer disco de Falla fue El sombrero de tres picos y El amor brujo históricos dirigidos en 1955 por Ernest Ansermet (¡que había dirigido su estreno en Londres en 1919!) con la Orquesta de la Suisse Romande y Teresa Berganza.
De entre todos, para mí las más estrechas son las uniones entre Camus y Falla, y Romero Murube y Turina. La luz cegadora, la enérgica vitalidad y la fuerza arrolladora de la música de Falla van de la mano con el solar Camus, el más luminoso de los existencialistas, como si las luces de Cádiz y Argel los hermanaran. Lean Bodas y El verano (hay una asequible edición en Debolsillo) y lo comprenderán. Basten dos ejemplos: “En plena oscuridad de nuestro nihilismo, he buscado solamente las razones para superar ese nihilismo por fidelidad instintiva a la luz donde nací y donde, desde hace milenios, los hombres aprendieron a saludar a la vida hasta en el sufrimiento” (El verano); “Me han dicho a menudo que no hay de qué gloriarse. Sí, hay de qué: este sol, este mar, mi corazón que brinca de juventud, mi cuerpo con sabor a sal, este inmenso decorado en el que la ternura y la gloria se dan cita en el amarillo y el azul” (Bodas en Tipasa).
Romero Murube y Turina, en cambio, comparten la luminosa y honda melancolía sevillana. Se lee lo que un Joaquín escribió sobre los jardines sevillanos –“En este olor de soledad concreta / que llena los jardines por la tarde / (…) una tristeza pura, más que humana, / va serenando el ritmo de la sangre. / Y nos avisa un eco de la muerte. / Y se oyen las palabras de los ángeles”– y parecen sonar el segundo movimiento de la Sinfonía sevillana o Noche de verano en la azotea del otro Joaquín.
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