Silla de palco

La isla del tesoro

Ocurre que, conocido su enclave, duerme su sueño. La "cuna" de América es hoy un humilde jergón

Después de tanta siega me sigue atormentando la idea de ver como se escapa la arena de las manos, mientras otros con esa misma arena hacen castillos en el aire. Son gente lista que defienden lo suyo con sudores de sangre y miradas de acero.

Parece una locura, pero quizá, si ahondáramos sin miedo en el túnel del tiempo, si observáramos el devenir histórico a través de los siglos, si fuéramos capaces de juzgar el peso de nuestras culpas y desmanes, tal vez concluiríamos que hemos sido tocados por un capricho del destino y que hemos ignorado aquello que, sin saber porqué, nos fue concedido.

Vayamos al relato de Stevenson y observemos como el malvado Flint oculta sus rapiñas en un lugar secreto de una lejana isla, para que nadie pueda hallarlo. No, no es el caso. Mientras que el joven Jim encuentra el mapa y se aleja en la goleta, aquí sólo hay que dar un salto.

El caso es que no necesitamos salir en busca de riquezas ya que se nos ha dado el don de poseerlas, graciosamente. Sin misterios ni tramas novelescas. Ocurre simplemente que no hemos hecho nada para encontrarlas, y si hemos tropezado con ellas, las hemos dejado al pairo, marchitándose.

Ya sé que en tanto unos se gozan con sus descomunales monumentos, su enorme patrimonio arquitectónico y su legado artístico, otros vamos penando entre la ambigüedad y la desidia sin valorar que tanto exceso volumétrico no debiera ocultar la gloria que atesora un grano de mostaza, esa semilla mínima que pervive tras los muros del cenobio franciscano donde tuvo lugar la aventura más grande de nuestra historia.

Ese es nuestro pecado, desdeñar a La Rábida, sus pasos olvidados, su espíritu rebelde, su fe ciega en traspasar fronteras, en alcanzar la orilla de lo desconocido, en revelar un mundo nuevo y transformar la ciencia, el comercio, la lengua, la cultura... Sobran arcos, volutas, minaretes, bóvedas, alminares, capiteles... Falta lo indefinible y trascendente, lo que no puede verse, medirse ni tocarse.

Ese es nuestro tesoro y no está lejos. Ocurre que, conocido su enclave, duerme su sueño. La "cuna" de América es hoy un humilde jergón.

Hay quien vende volumetrías al peso. Nosotros no. Al contrario, seguimos trasteando, malviviendo, a la espera de una voz que, otra vez, pida asilo a la puerta de un pobre monasterio. Guardián secreto entre sus muros del gran tesoro del Descubrimiento.

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