La otra orilla
Dimas Haba
Yo pregunto
Ya habrás visto alguno, y a lo mejor hasta lo has compartido. Pululan distintas versiones, pero básicamente el cartelito muestra una imagen del Ayuntamiento de Huelva rodeado de un aura rojo fuego, o de un incendio, y una convocatoria hecha por nadie a una manifestación de la que no se dice claramente el lugar, la hora y ni siquiera contra quién es la movida, aunque en el fondo da igual porque el objetivo no es la manifestación, sino cabrearnos. Manipularnos, en favor de un interés incierto, aprovechando el caldo de cultivo para el odio en que se han convertido las redes sociales, aunque tampoco es que hayan sido nunca la representación del cielo en la tierra. La promesa fundacional de las redes, lo de conectar a las personas, era tan noble que todos caímos como moscas a pesar de que bajo ese eslogan se ocultaba una arquitectura matemática diseñada para la eficiencia publicitaria. No hay magia cuando en las redes aparece justo lo que quieres. Se llama segmentación y es muy sencillo de entender: los algoritmos operan bajo el principio de homofilia, la tendencia humana a relacionarse con quienes se nos parecen. Básicamente, la cosa consiste en meternos en una base de datos y agruparnos. Así, si te gustan los gatos, la jardinería y la bandera de España, el algoritmo te dará gatos, jardinería y banderas de España en una habitación digital llena de réplicas de ti mismo, y como no hay nada más cómodo que estar con uno mismo, pues no te mueves de ahí.
Lo que pasa es que cuando solo interactuamos con iguales se produce lo que en sociología se denomina polarización de grupo, o sea, que las opiniones se van radicalizando a base de repetirlas y a falta de otras que se las contrapongan. El algoritmo, que lo que quiere es vendernos cosas, sabe que las emociones de baja activación como la tristeza o la solidaridad invitan a la pausa, a la reflexión, mientras que las de alta activación, como la ira, propician respuestas inmediatas: clics, comentarios y rentabilidad, así que se pone manos a la obra. Para que se hagan una idea, un “Me enfada” retiene al usuario cinco veces más tiempo que un “Me entristece”. Por eso, tras el accidente de Adamuz, las redes no han tardado mucho en ocultarnos la tristeza y mostrarnos enfado en su lugar. Hay un manera de combatir todo esto. La próxima vez que notes que la ira se apodera de ti (es fácil distinguirlo porque la cabeza se te embota y empiezas a poner morros y a aporrear el teclado con violencia), apaga la pantalla. Sentirás que tienes que seguir mirándola, pero tú no hagas caso. Sal a la calle, busca al tipo más diferente a ti que te encuentres, tómate una Coca-cola con él, charla un poco y ya verás cómo se te va pasando el cabreo y te vas sintiendo mejor. No te harás su amigo, o quizás sí, pero al menos no le darás el gusto a los malos, que son pocos, sí, pero van ganando. Van ganando.
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