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Mikel Lejarza
Recordando al teniente coronel Bill Kilgore
Siempre me he preguntado cómo es el momento en el que un escritor descubre que su historia merece ser contada. A pesar de llevar media vida escribiendo (más allá de relatar la actualidad como mera tarea informativa), me grabé la idea de que mis letras, esas que salen de las tripas, no serían dignas de ser enseñadas. Crecí convencida de que mis relatos eran “flojos”, carentes de pomposidad, banales o, simplemente, irrelevantes para el resto del mundo.
Esa era una de las preguntas que tenía preparadas para Juan del Val, ganador del Premio Planeta 2025, ayer en el ciclo de presencias literarias de la UHU. Quería saber cómo fue ese instante en el que supo que su pluma sería “suficiente”, no solo para alzarse con el galardón literario más importante del país, sino para dar sus primeros pasos como autor. Sin embargo, lo que me confesó ayer me empuja hoy a escribir estas líneas; no quería dejar pasar su reflexión. Me habló de sus orígenes: sin estudios y con un entorno exigente que perdió la fe en él. Con 20 años, trabajando en la construcción y detestando su presente, se sentía viejo porque “no tenía nada”. Pero miró hacia dentro y confió en lo único que le apasionaba: escribir y los toros. Movido por esa valentía que solo reside en la inocencia de la juventud, llamó a las puertas de los periódicos ofreciéndose a colaborar gratis. Y así empezó todo. Del Val no se define como un erudito, sino como un autor que vive. Sus propias vivencias (el dolor, el amor, las derrotas y los aciertos) son la materia prima de unos libros que huyen de las subordinadas complejas para buscar el despertar del lector ante palabras breves, pero rotundas. Creo que es precisamente así, con esa firmeza y honestidad, como debería entenderse la literatura. Al fin y al cabo, ¿qué son las historias sino “cachitos” de nosotros mismos? Para vernos reflejados en el papel debe haber verdad, y esa verdad nace de haber sentido en primera persona, de haber explorado los márgenes. Detrás del Premio Planeta más polémico, descubrí a un ser humano cuya humildad supera con creces a su fama.
Su testimonio ha pinchado mi burbuja de inseguridad: quizá mis historias y las de muchos también merezcan luz. A fin de cuentas, nadie está obligado a leerme, pero si alguien se siente un poco más vivo entre mis líneas (o al menos no se aburre), ya habré ganado mi propio Planeta.
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