María Fernández
Febrero, danos una tregua
Enero se ha marchado dejándonos el alma en carne viva. Hay meses que pasan sin hacer ruido, de puntillas y otros que, como este, entran rompiendo las costuras de nuestra realidad. Dicen que la ficción siempre acaba superada por los hechos, pero nadie nos advirtió de que la tragedia se citaría con nosotros al poco de comer las uvas, con la esperanza renovada de un 2026 cargado de buenos propósitos e ilusiones.
Sin embargo sucedió y nos envistió ataviada de crueeldad en un tramo de vía en Adamuz, robándonos de golpe 26 vidas onubenses y dejándonos una herida que no entiende de calendarios. Como ciudadana, una llora y se contiene. Como periodista, toca mirar de frente al abismo, respirar hondo y contarlo. Porque si Huelva ha podido conocer las historias de quienes se fueron, el coraje de los que sobrevivieron y el desgarro de los que esperan, ha sido por esos compañeros que saltaron de la cama en mitad de la noche. Profesionales que, libreta en mano y con la voz quebrada, han custodiado la pena ajena para transformarla en información, en memoria y, sobre todo, en justicia.
Detrás de cada crónica en la hemeroteca de Huelva Información queda el rastro de un dolor compartido. Los que no sufrimos pérdidas personales nos recuperamos ahora de la secuela de haber sido altavoz del grito; de haber sostenido la mirada a una indignación que no es nueva, sino que nace de años de olvido y de reclamaciones ferroviarias que siempre parecen llegar demasiado tarde.
Por si fuera poco, el cielo decidió mimetizarse con nuestro ánimo. La borrasca Leonardo nos ha envuelto en un gris persistente, con ríos que amenazan desborde y un viento que parecía querer arrancarnos el recuerdo de que somos la ciudad con más horas de sol de España. Ha sido un enero de tragedia instalada, de paraguas rotos y corazones pesados.
Mientras escribo este artículo miro con recelo el calendario pidiéndole un poquito de tregua. Febrero, sé bueno. “Ten compasión”. Necesitamos que este mes nos devuelva la esencia, ese talante alegre y tan nuestro que nada, ni siquiera la catástrofe, puede borrarnos. Necesitamos recuperar el acento que el luto nos dejó mudo y la luz que las nubes nos han escondido.
Ferero, tráenos vida. Que de muerte y penurias, en poco más de un mes, vamos sobrados.
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