Crónicas levantiscas
Juan M. Marqués Perales
Un superdomingo de junio
La fragilidad de nuestro cuerpo sólo necesita de un ser diminuto, como es el Norovirus, para recordarnos que estamos a merced de lo invisible. Tan pequeño y a la vez tan poderoso que puede transformar a una adulta funcional en alguien que negocia con el universo desde el suelo de un baño. Democrático como pocos, nos iguala a todos, con la misma urgencia y la misma humildad intestinal. Llega como un terremoto, arrasando con todo y susurrándote al oído que eres mucho más débil de lo que imaginabas.
En España el Norovirus ha estado dando guerra varios inviernos seguidos y suele aparecer con fuerza cuando nos juntamos en espacios cerrados o cuando hace frío. Las autoridades sanitarias han observado que últimamente los casos de gastroenteritis por este virus han subido alrededor de un 25 % comparado con temporadas anteriores, con brotes frecuentes en colegios, residencias de mayores y centros de salud, y Andalucía aparece entre las comunidades con más actividad, junto con Madrid y Cataluña. Además, los sistemas de vigilancia epidemiológica del país han documentado miles de personas afectadas por norovirus en años recientes, lo que lo convierte en uno de los principales culpables de los episodios de vómitos y diarrea en invierno y en celebraciones familiares.
Este virus no es nuevo, se descubrió en la década de 1970 en un brote en una guardería en EE. UU., pero sigue siendo tan resistente que puede sobrevivir en superficies o alimentos durante mucho tiempo, lo que explica por qué es tan fácil contagiarse.
Toda mi familia ha caído, aunque afortunadamente de forma escalonada, lo que nos ha permitido turnarnos para ir al súper a por manzanas y agua mineral, y así cuidar unos de otros. Mientras tanto, mi mente analítica intenta encontrar alguna explicación a este ataque a mi estabilidad corpórea, mientras que mi estómago parece haber convocado un comité revolucionario que no reconoce autoridad alguna. Cada movimiento se siente como un pequeño tsunami, y ninguna lógica logra explicar cómo un organismo puede desestabilizarse tanto en tan poco tiempo.
Qué flojera más grande y qué desasosiego; sólo el que tenga en sus recuerdos más recientes un episodio parecido comprenderá cómo se siente una. Cambiaría ahora mismo esta dolencia por un duelo de tres meses a causa de una ruptura amorosa. Ésto sólo nos lleva a reflexionar sobre lo maravilloso de nuestro cuerpo y mente: siempre logramos olvidar el sufrimiento con asombrosa rapidez, el de las rupturas y el de los virus estomacales. Ya podría durar uno lo mismo que el otro. ¡Feliz jueves!
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