En tránsito
Eduardo Jordá
Utopías
El debate sobre la reforma del sistema de financiación de las autonomías es intenso, extenso y propenso (a la demagogia y la simplificación partidista). Expertos, periodistas todólogos y polemistas vocacionales dictaminan y sentencian sin parar. A favor, en contra o mitad y mitad.
¿La propuesta de María Jesús Montero beneficia a todas las comunidades autónomas o más a Cataluña que a ninguna otra? ¿Es una reforma encaminada a mejorar las economías de todas las regiones o a satisfacer a un partido independentista –ERC– que tiene en sus manos el destino del presidente socialista de la Generalitat? ¿El rechazo indignado de los barones del PP responde a una defensa de la igualdad y la solidaridad entre los territorios o a su radical y tremendista oposición a todo lo que haga o proponga Pedro Sánchez?
En realidad, hay una pregunta previa que si se formulara haría desaparecer de un plumazo todas estas preguntas que nos parecen relevantes: ¿Qué votará Junts cuando llegue esta reforma al Congreso de los Diputados, pasado el verano, si es que el Congreso no ha sido disuelto antes? Con mayor precisión, ¿qué mandará hacer Carles Puigdemont a sus siete parlamentarios?
Porque si la respuesta es la que Junts mantiene a día de hoy (votarán que no a la ley Montero anunciada por Junqueras, dado que ellos exigen un concierto para Cataluña a semejanza del que tan bien le va al País Vasco), todo lo demás sobra. Sobra el debate académico, tertuliano y político acerca de un futurible que sólo puede hacerse realidad por la voluntad o el interés de un prófugo cuya mayor ambición en la vida es dañar a España. Sobran como aquella vorágine de “manifiestos, escritos, comentarios, discursos, humaredas perdidas, neblinas estampadas...” que poetizó Rafael Alberti. Sobra, como castillo en el aire, todo lo que se construye al margen del parlamento sin tener mayoría parlamentaria en un régimen parlamentario. Es así de simple.
No es un caso excepcional, sino todo lo contrario de un tiempo a esta parte. Impotente por tres veces para sacar adelante el mejor instrumento para la gestión política de cualquier gobernante –los Presupuestos Generales del Estado–, Pedro Sánchez ha decretado un estado de actividad frenética y puramente teatral: el Gobierno no gobierna, pero hace como si gobernara. Lanza iniciativas y medidas a sabiendas de que no los podrá ejecutar. Un hiperactivismo simulador.
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