La ciudad y los días
Carlos Colón
Mamá, yo quiero ser Felipe
Mi maestro siempre me decía: «Primero la a, María, y luego la be». No estudiábamos nada que tuviera que ver con gramática, pero tampoco hacía falta: la lección iba mucho más allá de lo inmediato. Siempre he tendido a abarcar demasiado y, aunque las consecuencias no han llegado nunca a catástrofe, no ha habido ni una sola vez en la que no me haya dado un cabezazo contra la pared. Por eso la hice mía y la convertí en uno de mis mantras.
Desde entonces me he repetido esa frase cientos de veces y se la he repetido a mis alumnos también. Es sencilla y efectiva, la comprenden rápido y les asienta cuando quieren volar antes de saber andar. Todo en la vida lleva un orden y omitir o descuidar pasos generalmente no termina bien. Saltarse los cimientos no suele ser una buena forma de edificar una casa.
La frase, además, es polivalente, porque no sirve exclusivamente para el aprendizaje sino que la puedes aplicar en muchas circunstancias. Por ejemplo, me vino también muy bien cuando tuve que amueblar mi piso: primero la a, luego la be, es decir, primero lo básico (un sofá, una mesa, una cama) y ya, luego, todas esas monerías que se me iban antojando (cuadro, jarrones, lámparas). Al final, el presupuesto mensual es el que es y hay que ajustar los gastos al disponible. Más o menos, con algún tropiezo puntual, lo cumplí y la casa fue tomando forma según un orden de prioridades lógico. Porque eso quiere decir la frase, ni más ni menos.
Es una pena que mi maestro no fuera también el maestro de los gestores de lo público. Hombre sencillo y trabajador, aprendió pronto en la vida que hay que hacer las cosas con cabeza si no quieres que se te desbarajuste todo. Esto, tan sencillo, lo han olvidado quienes toman las decisiones. Al estado de las carreteras, las escuelas y los hospitales me remito.
Para volar, primero hay que construirse unas alas fuertes, y eso lleva tiempo, constancia y esfuerzo. Nuestro país, si alguna vez estuvo en ese punto, hace tiempo que ya no. El deterioro de las infraestructuras ha alcanzado unas cotas intolerables, costando no solo dinero en parches inútiles sino también vidas humanas. Mientras tanto, los presupuestos se prorrogan sin más, sin una revisión que permita priorizar el mantenimiento sobre lo accesorio, lo que queda bonito en el papel pero que no repercute en el bienestar de todos.
Tal vez sea hora de repensar el orden de las prioridades del gasto público antes de que un nuevo socavón en la carretera se trague todo lo que hemos construido hasta ahora. «Primero la a, María, y luego la be»
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