La ciudad y los días
Carlos Colón
Mamá, yo quiero ser Felipe
La película Blade Runner, la original de Ridley Scott de 1982, está basada en parte en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas? (1968). Por qué las llama “eléctricas”, y no “electrónicas”, cuando la electrónica nació a principios del siglo XX, lo desconozco. Quizá es lirismo: mientras que la electricidad es impulsada por la naturaleza y la mano humana, la electrónica supone circuitos a la postre ajenos a la una y la otra. Esa película de culto para los de la generación madre de la hoy en edad de criar previó con inquietante tino: desde los robots como humanos, hasta los drones o la escalofriante música electrónica –esta sí– de Vangelis. Aventuró la mutación de las costumbres de la mano de una perversa tecnología.
Por ejemplo, las formas de alimentarse y habitar. Los huevos cociéndose en una especie de pecera en la casa (?) de J.F. Sebastian aluden a la escasez de comida natural; valga decir real. En Blade Runner, la calle está plagada de comederos que han sustituido a las cocinas de unos hogares que se dibujan como guaridas desprolijas y lóbregas, pobladas por solitarios humanos sin familia; o por androides que, sensibles, se agarran a la creencia de haber tenido padres. Negándose la certeza de que no los tuvieron. Humanos y humanoides zampan de camino, por llenar el buche.
Bajando la bola al césped, alimentarse medio bien y caseramente en un país del primer mundo como España es una práctica en recesión. Comprar simple naturalidad es cada vez más caro. La renta nominal de los individuos y familias ha crecido muy por debajo de la inflación de los alimentos. Comer bien se antoja una heroicidad consumidora. Si, a esto, unes que contar con un sitio estable donde vivir es una quimera y una piraña de la capacidad adquisitiva de los más nuevos, Blade Runner se mantiene premonitoria.
En pleno trance de elecciones que no cesan, el Gobierno anuncia un Fondo Soberano –España Crece, 2026-2030– que “movilizará”, Dios mediante, 23.000 millones para financiar 15.000 viviendas al año. De comer fresco y proteína saludable, ni hablamos. De creer en las promesas electoralistas, usted dirá. El Gobierno tiene algo que perder. Los que no tienen, todavía, poder más allá de su condición de bisagra, que no es poco, comen de prestado y habitan mundos futuros.
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