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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Cómo combatir a los ultras

La forma de frenar a Vox es con un cordón sanitario contra los populismos o dejando que gobierne la lista más votada

La entrada de Vox en el Gobierno castellanoleonés, de la mano del PP, es una desgracia para la democracia española. Su posible entrada en el futuro Gobierno de España, si Feijóo no acerca al PP a la mayoría absoluta, será una desgracia aún mayor.

¿Cómo combatir desde el lado democrático el avance de la ultraderecha? Una de las medidas más serias al respecto sería decir la verdad. El periódico más influyente del país abría el martes su edición en papel con el titular "Mañueco se estrena asumiendo las leyes radicales de Vox". La crónica más veraz de su corresponsal, en páginas interiores, se titulaba "Mañueco promete leyes de Vox pero mantiene las que repudia Abascal". ¿En qué quedamos? Pues en que la versión de portada no reflejaba la realidad de la investidura, sino el aval incondicional a la última consigna de Pedro Sánchez.

La verdad es, también, que la alerta antiVox del Gobierno de la nación, decretada por tierra, mar y aire -y lo que te rondaré, morena (o Moreno, Juanma)- es una muestra de hipocresía, si no de cinismo. Vox sostiene posiciones reaccionarias en materia de violencia de género o inmigración, pero no pretende saltarse la Constitución ni liquidar España, cosa que sí se proponen expresamente ERC y Bildu, dos de los aliados favoritos de Sánchez. Vox dice que quiere acabar con el Estado de las Autonomías, pero no piensa hacerlo mediante un referéndum ilegal ni una sublevación popular, sino por procedimientos constitucionales. Lo mismo que Unidas Podemos, decidido a acabar con la monarquía, pero sin violencia. Por eso está cogobernando y no sometido a cordón sanitario alguno.

Finalmente, también es verdad que hay dos procedimientos para combatir eficazmente a la ultraderecha. Uno, acordar el cordón sanitario entre los partidos centrales netamente democráticos para impedir la llegada de cualquier tipo de populismo a las instituciones, y dos, un pacto de los mismos partidos para que gobierne la lista más votada sin darle ningún cheque en blanco. Los dos son fáciles de explicar, y muy difíciles de hacer, por el sectarismo, el fanatismo y la mediocridad de los llamados a suscribirlos. (De la posibilidad de gobernar juntos, ya ni hablamos: eso es para países más civilizados, élites menos mezquinas y pueblos menos cainitas).

Igual de verdadero es que la tabarra sobre el futuro con Vox o sin Vox es una espectacular cortina de humo. Así no hablamos de la inflación de récord que nos empobrece.

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