La cola del Everest

La plaza del Obradoiro es un circo de tiktokers bailando por todas partes, y las viejas tiendas ahora son kébabs

El primer tipo en poner un pie en la cima del Everest fue Ed Hillary. Lo hizo justo un día como el de hoy, un 29 de mayo, en el año 1953. Nadie en la Tierra había estado nunca tan alto, así que aquello fue un hito histórico que admiró al mundo entero. En medio, imagínense, toda una odisea. Al mando del brigadier británico John Hunt, la expedición se había lanzado a la conquista del pico más alto del mundo sin tener demasiada idea de a dónde se metían y en medio de numerosas dificultades. Una vez arriba, Hillary y su compañero Tenzing permanecieron en la cima durante 15 minutos, en la gloria bendita, supongo, contemplando el abrumador paisaje que, pensaban las criaturitas, pocos como ellos tendrían el privilegio de ver. No sabían lo equivocados que estaban. A partir de entonces empezaron a salir escaladores de todas partes, cada cual con un nuevo reto entre manos: que si el primero en subir sin oxígeno, que si el más rápido, que si el más joven… Llegó un momento en el que, confesó el propio Hillary, con tanto trajín aquello estaba empezando a perder la gracia, y eso que el hombre aún no había visto lo peor, porque si antes tenías que ser un loco, un gran alpinista o las dos cosas a la vez para subir al Everest, hoy en día te vale con 50.000 euros y un poco de paciencia. Hay colas para pisar la cima, y los escaladores suben casi a empujones. Los collados se han convertido en vertederos, y a esto que escarbes un poco empiezan a salirte cadáveres como en The Walking Dead. Está todo precioso, como en el Roy’s Peak neozelandés, donde la gente antes se hacía fotos en plan “soy el rey del mundo” en lo más alto de un paraje completamente virgen y ahora nadie puede porque la cola de visitantes rodea la montaña. O en la Islas de Skye, en Escocia, donde los turistas cogen piedras y se construyen unas torres muy monas y les hacen fotos para Instagram. Han movido tantas que han acelerado la erosión del suelo y ha afectado a la fauna de la zona. En Santiago de Compostela, centenares de bicis, mochilas, patinetes y rollers se apilan apoyados sobre paredes milenarias que poco a poco están destrozando. La plaza del Obradoiro es un circo de tiktokers bailando por todas partes y las viejas tiendas ahora son kébabs y heladerías real fooding. Aquí mismo también pasa: toda la Huelva con niños y la que tiene perros, que por lo visto ahora son casi lo mismo, quiere hacerse una foto en la casita del gnomo de Jabugo, así que en medio del sendero se terminan formando largas colas en las que todo el mundo grita y come Doritos o bocatas de chóped con una lata de Fanta en la mano, como si estuvieran esperando para entrar en un concierto de Taylor Swift. Los lugares más bonitos del mundo son cada vez más horribles, y lo peor es que a la gente le da igual. Nadie quiere vivir experiencias inolvidables ni complacerse en un paisaje sorprendente. No quieren respirar aire puro ni conocer culturas antiquísimas ni saborear su historia ni admirar la belleza de la arquitectura porque lo único que quieren es la puñetera foto y los puñeteros likes. Con un poco de suerte, cuando llegue el meteorito nos pillará a todos haciéndonos un selfi y ni nos enteraremos de que ha llegado la hora de extinguirnos.

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