Gafas de cerca
Tacho Rufino
Mi boda, la ‘mejón’
Suelo decir que no soy de bodas, y es que son muy largas y salen caras a nuevos consuegros, novios e invitados. Pero también lo digo con coherencia: “Yo no he ido ni a mi boda” es muletilla muy de servidor. Y con incoherencia ritual: soy católico; de los maletas, pero lo soy, apostatar es horterísimo, vale con pasar. Me casé en secreto, como los famosos. Ya llevábamos los deberes hechos: dos luceros; una de ellas, de días. El domingo cumplió los 26. Allí estábamos el juez oficiante, la pareja y dos buenos amigos haciendo de padrino, madrina, testigos y convidados. Creo más en el Libro de Familia que en el sacramento (y hasta en la declaración de la renta). El sacramento se demuestra andando, y muchos matrimonios duran menos que el jamón del bueno en las bodas de la gente corriente: el matrimonio no es lo que era, gracias a Dios. Fui a las dos semanas a confesarle mi boda a mi madre, católica silente e indulgente, que desayunaba su cafelito y su tostada de aceite y ajo. “Nos hemos casado, madre”. “Ah, hijo... ¿me alcanzas la sal gorda?”. Y ahí quedó todo disgusto.
¡A la actualidad vamos! Sí, sobre el nuevo juguete de las dos Españas, el escritor agrotocado (tocado de boina con causa) David Uclés. Ha publicado un artículo en La Vanguardia en el que critica a las bodas actuales y sus puestas en escena multifásicas. Se guasea de 8 de ellas: no es partidario. En sutil paralelo, desvela que se casó con su marido en París, y lo celebraron pidiendo sushi a domicilio. Un menage a trois con papeo Uber: el novio, el otro novio y el arroz en blanco japo liado en algas. “Dices tú de cursi”, dígase cual prefacio del personaje-brasa de Mota recordando su mili. Acompaña foto: boinas y amor sencillote y puro entre la majestuosa escalera del Hôtel de Ville. Pero al final, “¡holaaaa, aquí estoy yooooo!”.
Una mijita de equidistancia para cebo de los duelistas en red: no sé de qué iría vestido Pérez-Reverte en su boda, ni si la musicó con la Marcha Nupcial y Yulio, hey, o con Spotify en sofalito. Quizá fue vestido de espadachín de fortuna en los Tercios de Flandes, o de almirante mutilado en Cartagena (la de Indias). Más bien iría de chaqué. Otro aliño de las bodas burguesas. Las preferidas por muchísimos jóvenes. En fin, por Carlos Santana: Let the Children Play.
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