Envío
Rafael Sánchez Saus
Y ahora Marco Rubio
Es posible que América, como los estadounidenses suelen llamar a su país a falta de nombre mejor, se haya propuesto salvar a Europa por tercera vez en un siglo. ¿De quién? Como en las dos veces anteriores, de ella misma. En las dos primeras fue necesario que cientos de miles de soldados dejaran su vida en los campos de batalla, hoy parece confiarse más en la presión política y económica y, sorprendentemente en un tiempo que parece haber desterrado los discursos en favor de los cañones, en la palabra. Naturalmente, me refiero a los discursos de J. D. Vance y Marco Rubio en momentos políticamente muy señalados: las Conferencias de Seguridad que anualmente se celebran en Múnich desde hace más de cincuenta años, el principal foro a nivel mundial sobre seguridad, defensa y política exterior. Considero muy relevante que las dos figuras emergentes del Partido Republicano, y las más influyentes de la Administración Trump, hayan escogido ese escenario y no cualquier otro de los muchos que comparten con las instituciones europeas. Las Conferencias de Múnich garantizan la libertad de los ponentes, que no se ven constreñidos por un marco diplomático y un ambiente controlados por el establishment europeo.
Los discursos, muy diferentes en la forma –como lo son sus protagonistas–, pero claramente afines y complementarios en su fondo, son un tremendo aldabonazo sobre la conciencia de los europeos y un señalamiento concretísimo de los errores que han llevado, primero, a la práctica paralización de la UE, en segundo lugar, a su cuestionamiento por electorados más y más numerosos. Y ello unido a realidades ya inocultables: la decadencia de Europa, el agotamiento de su modelo social, su inoperancia exterior, su debilidad militar. Frente a todo eso, los discursos de Vance y Rubio, sus advertencias y sus propuestas, aparecen como la envoltura ideológica, mucho mejor trabada de lo que los europeos quieren admitir en el trumpismo, de una acción política que en un año ha puesto al mundo patas arriba y va a tener consecuencias mucho más allá de la presidencia de Trump. Ante todo esto, una parte importante de la derecha española, que debería enardecerse ante la revolución tan favorable que se perfila, cegada por un antiamericanismo axial, prefiere reírle las gracias a Bad Bunny, algo así como un nuevo Cid. Eso es la decadencia.
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