Silla de palco

Toma nota

Ya no es cuestión de agravios comparativos, sino de incumplimiento sistemático del programa sanitario

Si hay alguien por ahí, le pediría que visto lo visto en la manifestación de protesta contra la carajera sanitaria a que nos tienen sometidos los ideólogos del sistema, coja papel y lápiz y anote que esa marea blanca no ha sido fruto de una malvada treta ni de un filibustero emboscado, sino de quienes sufren en sus carnes la inoperancia de una gestión funesta que, ante la negativa a dialogar, se ve obligada a salir a la calle para gritar la cerrazón gerencial, brazo del consejero Alonso, su desacuerdo con la fusión hospitalaria, su rechazo a toda imposición que cercene el diálogo, su inaceptable y lesiva hoja de ruta y su imperial recorte a la plantilla profesional, la insuficiencia de medios técnicos, materiales y asistenciales, sin contar, con las lacras de las listas de espera, la carencia de camas, el colapso del Servicio de Urgencias o el vacío hospitalario a escala provincial. Por decir algo.

Lo ocurrido es semejante, salvadas las distancias, a aquella reivindicación de las tres facultades en los años ochenta, cuando un grupo de estudiantes movilizó a los onubenses para mostrar su disconformidad con el proyecto de desterrar a Huelva del mapa universitario, ya que en los planes de la Junta no existíamos, y una vez más, nuestros queridos baluartes del Estado de bienestar decidieron cortarnos las alas y lastrar el futuro de tantas generaciones, hasta que otra entusiástica marea, alzó una ola de solidaridad ciudadana que les forzó a cambiar el curso previsto y trazar otro rumbo.

Ya no es cuestión de agravios comparativos, sino de incumplimiento sistemático del programa sanitario, de forma reiterada, mediante decisiones centralistas que concluyen en ésta caótica situación.

No creo exagerar si observamos que Granada, Málaga y Cádiz ya han hecho oír sus voces frente a la decisión unívoca de la Consejería de Salud y a su golpe de estado hospitalario, en un pilar de graves consecuencias sociales.

Se me da que el problema no puede ser resuelto cesando a un gerente y colocando a otro, cuya primera iniciativa consiste en decirnos que necesita ¡cuatro años! para arreglar la situación y unos seis meses para aligerar las sufridas esperas.

Ese no es el camino. No somos merecedores de tanta incoherencia y tanta marginación. Con las prisas nos surge un ¿plan de choque? y una ataque de hipertensión buenista. ¿Ud. lo cree? Inocente, inocente.

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