Santiago / Hierro

Remembranzas de la Estación de Zafra

Han pasado ya algunas décadas por la que fue, en tiempos ya pasados, la estación de Zafra, que cesó en sus funciones de comunicación de ferrocarril desde Huelva capital a su ubérrima Sierra y hasta la provincia de Badajoz, o sea hasta el pueblo de Zafra.

Pasó posteriormente este servicio, una vez cesó y se demolió esta estación, a establecerse en la estación de M.Z.A., o sea la de Sevilla o Renfe.

Acude a mi memoria, en aquellos años de los 50 al 60, cuando en el paraje en donde se ubica en la actualidad todo un gran complejo de edificaciones, avenidas, y parques, incluida la magnífica y suntuosa estación de autobuses de línea, se encontraba entonces en todo este paraje la antigua estación de Zafra, con todo su complemento de una red viaria, con su edificio de la estación, naves de mercancías y otros servicios propios.

Pero rememorando cualquiera de unos de los días de aquellas lejanas fechas, emplazándome en dicha estación y viviendo la vida cotidiana en el trasiego que siempre discurría en ella, con esa popularidad que le caracterizaba, en donde un público bien heterogéneo, raro era la mañana que no se propagaban en aquel recinto, entre su sala de espera y su andén, horas punta que siempre se esperaba algún tren.

En mi cavilar me encuentro inserto entre este gentío, más bien por curiosidad, en la próxima llegada de este tren que regresa de la Sierra y otros lugares con pasajeros que bien pudieran ser familiares y amigos de los que se encuentran esperando su llegada.

En este momento ha sonado la campana de manos del jefe de Estación anunciando la salida del apeadero de Peguerillas reanudando su marcha ya con dirección para Huelva.

Ahora todas las miradas están orientadas hacia la barriada de El Molino de la Vega, por donde debe de aparecer este ferrocarril que en unos breves momentos ha ido percibiéndose el penacho de grisoso humo que esparce la máquina y el silbido espaciado anunciando su llegada.

Jadeando y resoplando por sus narices metálicas va tomando la locomotora su posesión en los raíles del andén arrastrando consigo cuatro unidades de vagones muy desvencijados por los años, para posarse en seco, dejando casi todo el andén sumergido en una cortina de humareda que ha ido exhalando la máquina.

Cuando el humo se ha ido disipando se puede notar el hervidero de personas que se dirigen velozmente a los vagones para recibir a los pasajeros parientes o amigos, que entre abrazos, besos y sin faltar algún empujón, van entregando a los que han llegado a recibirlos un sinfín de bultos, entre canastos enormes y maletas ya deterioradas de viejas.

Frases muy corrientes entrelazadas que desde las ventanillas y puertas de salida se expresan de esta manera: -¡Antonio, ven aquí…, que no puedo bajarme, porque está esto muy alto!-, dice una persona mayor. Por otra ventanilla se escucha a otra pasajera que se manifiesta así: -¡José, que estoy aquí, ayúdame a recoger estos paquetes que yo sola no puedo!- Voces parecidas por distintos lados, entre sonidos ensordecedores.

Van bajando de los vagones, viajeros de distintas clases y condiciones, entre ellos: cosarios de la Sierra cargados de chacina, tratantes de ganado, viajantes de comercio, cazadores con algunas piezas cobradas y sobre todo, mujeres de ropas holgadas, cargas de grandes cestas, de donde asoman algunos cuellos pelados de pollos y gallinas que cacarean continuamente.

Después todo se fue calmando, ya el personal que había estado ocupando el andén y los viajeros llegados buscaron la salida y se fueron distribuyendo por las calles próximas de la ciudad.

El andén ya había quedado vacío pues ya había pasado todo el ajetreo propio de la vida cotidiana de una ciudad, que por aquellas fechas pretéritas de Huelva carecían de los medios indispensables para su subsistencia y se vivía según el aire que se respiraba de la economía.

La estación de Zafra (que ya nos hemos dedicado en años atrás otros comentarios de esta estación) dejo de existir, pasando al baúl de los recuerdos, pero nos dejó marcado un hito histórico, con un hálito de vida, en el trasiego humano de aquellos tiempos, que pasaron como la sombra.

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