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Un nuevo Gobierno y una nueva Ley educativa. Es lo que viene siendo habitual en nuestra joven democracia. Nuestros jóvenes, y nosotros mismos porque han pasado unos añitos, hemos visto con nuestros ojos las LGE, Loece, LODE, Logse, Lopeg, LOCE, LOE y Lomce. Y ahora nace la Lomloe, o lo que es lo mismo, la Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación, también conocida como Ley Celaá. Esto de apodar a las leyes educativas con el nombre o el apellido de su ministro creador es muy progresista, como progresista era Wert (ni él mismo se lo cree).

En fin, que tenemos ley nueva, y educativa nada menos. No es de extrañar que los jóvenes y las jóvenas salgan peor preparados de los centros educativos, si se cambia una ley como quien compra churros, a nadie sorprende el hecho. Baste ver a nuestros representantes, ellos también han pasado por el conglomerado de siglas que no educan, sino desconciertan. Las recientes leyes educativas olvidan la ética, y tan solo buscan destruir lo anterior (ellos lo llaman modificar, como si eso de modificar no suponga destrucción). Un ejemplo de la inutilidad manifiesta y ausencia total de formación, de educación y de ética, lo observamos en las representantes femeninas de nuestros partidos políticos.

Observen a las Álvarez de Toledo, Monasterio, Arrimadas y Montero. Ahí donde las tienen acabarán cargándose los partidos que representan. ¡Qué falta de educación! ¡Qué ausencia de ética! No se salva ni una. Las podíamos juntar a todas y no alcanzaríamos ni una media ponderada. ¿Qué credibilidad nos presenta una ley educativa que mira a Finlandia, cuando Finlandia está ya bajo mínimos educativos? Ninguna. Pero esto nos ha pasado siempre. Y los perjudicados, los docentes, los alumnos, las familias, la sociedad, en definitiva. Una sociedad ajena por completo a la redacción de esas leyes.

Y las prisas, ¿por qué tantas prisas? ¿Dónde están las consultas a los agentes sociales? ¿O no será que para el partido en el poder los agentes sociales no existen? No han tardado ni medio minuto en aprobarla, sin corregir sus errores, de base y de exponente. Sin analizar en profundidad las necesidades educativas de un país como el nuestro, con paro juvenil, con fracaso escolar, que hace trampas en el PISA.

La educación precisa de un pacto de Estado. Las personas con sentido de responsabilidad educativa (que es una de nuestras mayores responsabilidades) deberían dejarse de pamplinas, remangarse las camisas y ponerse a trabajar. Pero claro, si en un horizonte temporal a medio plazo, otro partido alcanza el poder, ya sabemos todos que tendremos nueva ley educativa, y esta bien podría llamarse Carajotes.

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