La evolución de la técnica nos ha situado en las últimas décadas en un proceso de transformación hacia un mundo en el que la tecnología toma las riendas de todos los ámbitos de nuestras vidas.

Este proceso evolutivo ha generado una ruptura generacional diferenciando entre los nativos digitales y los que hemos tenido que adaptarnos con mayor o menor fortuna a este nuevo mundo, en el que se convive con tecnologías que ya no solo nos facilitan información para nuestro proceso de toma de decisiones, sino incluso que llegan a decidir por nosotros.

Pues bien, el éxito de este proceso necesita de un alto grado de intuición, que poseen los nativos digitales, unido a poca reflexión y ningún miedo en el uso de estas tecnologías, a lo que hay que añadir poca preocupación por las consecuencias de lo que ocurra más allá de la pantalla de nuestros ordenadores. El problema radica en que lo que es bueno para el desarrollo tecnológico no necesariamente lo es para el desarrollo equilibrado de la sociedad.

Curiosamente los valores que garantizan el éxito de las tecnologías aplicadas a la humanidad son los opuestos a los valores en los que hemos sido educados gran parte de los no nativos digitales; esto es, respeto a la experiencia de los mayores, reflexión y valoración de las consecuencias de nuestros actos, antes de tomar decisiones operativas, consideración de las consecuencias en el medio y largo plazo, entre otros.

Por esto me apena y me preocupa que la experiencia vital, es decir, la edad, que no la profesional, haya pasado de ser un valor tanto en el ámbito empresarial como en el político, a una carga a considerar, valorándose más la juventud en sí misma que la visión que aporta la experiencia en la formación de la persona.

Si algo he aprendido por el paso del tiempo es que uno puede estar equivocado aun cuando está seguro de que tiene razón, que la experiencia te hace ver las cosas desde una perspectiva imposible de comprender sin lo aprendido en el camino, que cada persona tiene motivaciones distintas en función de los palos que le ha dado la vida, que lo que es bueno para uno no lo es necesariamente para los demás y que para gustos, los colores.

La juventud es espontánea, trae ideas nuevas a problemas antiguos, aporta alegría, frescura y empuje y también impaciencia, riesgo e improvisación, pero todo esto también lo tuvieron los que ya no son jóvenes y ellos lo dejarán de tener con el paso de los años, cuando reciban las lecciones que la vida les tiene guardadas y que les harán crecer como personas, aunque llenando en ocasiones de prejuicios sus criterios. Por eso tan preocupante es una organización con una media de edad de sesenta años como otra con una media de veinticinco. Esta modernidad origina que partidos políticos, empresas o incluso en el Gobierno de nuestro país existan ciertos ministerios donde solo se ven caras demasiado jóvenes y ninguna cana, y me preocupa tanto como me preocuparía lo contrario.

No se trata de juventud contra experiencia, se trata de equilibrio en la gestión de nuestra sociedad.

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