Siempre escribimos con especial énfasis que la sociedad ideal es la mejor formada e informada. Ello le permitirá disponer de elementos de juicio y decisión más adultos, más sólidos y más coherentes. Sin embargo hay comportamientos, actitudes y tendencias que no nos permiten confianzas. En el ámbito de la información bajo el dominio de los medios televisivos, los de mayor poder de difusión con todos los argumentos para influir en la opinión de millones de personas, la prensa, por ejemplo, va perdiendo el nivel de influencia que antes tenía a pesar del crédito que siempre ha disfrutado. Dudo cuantos pueden ser los lectores, bien a través de su tradicional formato de papel o mediante sus ediciones digitales, cada vez más usuales. Y es especialmente decisivo el seguimiento de los contenidos de opinión: editoriales, columnas o artículos donde se vierten análisis y criterios en torno a la actualidad política.

Volvían a surgirme estas cuitas leyendo el editorial de nuestro periódico hace una semana que exponía con nitidez y realismo los dos grandes retos que tiene planteados esta legislatura en la gestión de un nuevo gobierno que ha venido a traernos más inquietudes que confianza. Uno de ellos debe afrontar el grave conflicto planteado con el Poder Judicial enfrentando al ejecutivo con jueces, magistrados y fiscales y a los principales estamentos jurídicos del país, por los acuerdos de investidura (un ejercicio de penosa humillación), con temas tan espinosos como la amnistía y el “lawwfare”, una manera de designar la instrumentalización de la justicia con fines políticos que ha extremado uno de los aspectos más controvertidos del enfrentamiento. Se unía esta controversia a la decisión del ex ministro de Justicia y actual magistrado del Tribunal Constitucional, Juan Carlos Campo, de apartarse de las decisiones de éste, lo que ya había comunicado a sus compañeros del alto tribunal, lo cual “da alas”, como se ha publicado, a la Justicia europea para rechazar la Ley de Amnistía.

Otro punto de fricción radica en el sometimiento a las imposiciones y exigencias de nacionalistas catalanes y vascos para mantener un gobierno con una ostensible vulnerabilidad por diversos flancos y que el ambicioso presidente Sánchez aguante al frente el mayor tiempo posible pagando un peaje imprevisible. Entre tanto lo hemos visto dando tumbos diplomáticos por Oriente Medio, metiéndonos, como suele, con su pretenciosa suficiencia, en más conflictos como si fueran pocos los que ya sufrimos, preguntándonos, porque no lo sabemos cuando componemos estas líneas, quien o quienes serán los mediadores o verificadores – resulta ridículo y grotesco considerarlo– de la negociación con Junts sobre la Ley de Amnistía..

Y, volviendo al principio nos asaltan serias dudas, por esa especie de anestesia colectiva, apatía o indiferencia popular ante la amenaza de erosión de la democracia y el evidente desgaste del compromiso político de los ciudadanos.

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