Aún envuelta entre trapos gruesos y abultados, tu mandíbula tiembla presa de la frigidez que te circunda. La movilidad queda limitada y tus manos, entumecidas y hendidas, se entrelazan buscando el fervor que necesitan. Te cruzas con otros como tú, pero como a los protagonistas de La Nevada de Goya, la tempestad que os rodea no os permite miraros a los ojos. Como aquellos andariegos costumbristas del siglo XVIII tapados con mantas zamoranas, a ti también te envuelve un ambiente gélido, tal vez albo, en el que los termómetros caen abatidos por los números negativos, los árboles yacen desnudos por la ventisca y las calles están teñidas de un manto níveo. Pero la escena bucólica cesa cuando levantas la mirada y descubres que, detrás del festejo que produce la novedad, las estampas plateadas y los juegos animados, hay un mar de vidas que no puede calentar su refugio con el calor de una lumbre.

Según Eurostat, España es el cuatro país europeo con la energía más cara. La pobreza energética es un elefante invisible que afecta a gran parte de la vecindad de nuestro país. La pandemia solo ha hecho incrementar los casos de personas que viven por vez primera el no poder encender las resistencias para templar el letargo vivido. Hay hogares sin recursos que tiemblan por la próxima factura ante la subida de las compañías, que lejos de hacer honor a su nombre, se convierten en tenebrosas consejeras lumínicas. Hay familias que trenzan horarios para poder comer caliente, que juegan con el añil y el grana del mando para ducharse con agua templada. Hay estudiantes que, a falta de conexión remota, hilvanan las argucias necesarias para no quedarse rezagados y seguir la lección. Pero vivimos un presente de diferencias abismales. Mientras el 16% de los hogares españoles gasta más de tres veces de lo que un hogar necesita, el 7% no puede encender la calefacción. Mientras las redes son anegadas por fotografías luciendo ufanos desnudos en la nieve, otros tiran de mantas para mantenerse incólumes. Mientras unos están a 16 grados o menos -siendo 22 lo recomendable-, otros lucen manga corta y bermudas.

A partir de la segunda revolución industrial, la energía eléctrica se constituyó como un bien común. Por eso, no es de extrañar que entendamos que la electricidad es un derecho humano, porque a través de ésta podemos tener una mejor calidad de vida. Ante la congoja que provoca la situación, necesitamos unas eléctricas que no se disparen, un gobierno que ponga techo al disparate, que no sea cómplice de tales atropellos y que apueste por las potencias renovables y naturales que azuzan nuestra vida y ajetreo. La llama está prendida y continúa dispar. Desde lo pequeño, la ciudadanía informada, organizada y consciente, puede mover hemisferios siendo protagonista de su propio cambio. Encendamos luces cuando nos superen las tinieblas. Prendamos la llama del sentido común. Todavía no es tarde, el sol aún nos calienta.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios