Nunca imaginé que esto iba a ocurrir. Parecía mentira, pero lo estamos viviendo. Una pandemia sonaba a muchos a cosas de tiempos muy lejanos, de siglos. Nos habíamos olvidado de que la epidemia siempre ha estado volando sobre nosotros, como ese fantasma que se empeña en recordarnos lo que muchos olvidan cada día del ser humano: que somos una especie dominadora, orgullosa, creída, que no quiere razonar su insignificancia en el contexto general de lo universal.

Con paciencia, sentido del humor a ratos y mucho miedo ante lo desconocido, en esa batalla contra lo invisible ante lo que no podemos calcular los métodos de defensa, vamos pasando los días entre cifras dramáticas de contagios y muertes. Solo nos queda la esperanza en la ciencia amparada en la voluntad de Dios.

Cada hombre ha sabido de grandes epidemias que, en el pasar del siglo, le hicieron pensar y observar.

Aquella epidemia de la gripe (1918) que costó tantas vidas en la segunda década del siglo veinte, asoló nuestro país. Otra que causó estragos en nuestra provincia y en la capital fue la del paludismo, en los años 20 y 30, cuando nuestra Sierra fue cuna de una terrible asolación y donde mi padre, Antonio Segovia García, luchó como médico, valerosamente, como tuve el orgullo de comprobarlo cuando estudiaba Medicina y me encontré su actuación nada menos que un libro sobre patologías escrito por aquel gran sabio español que fue Gregorio Marañón, al que conocí, como a su hijo.

Pero recordando lo que hoy están haciendo maravillosamente tantos médicos y sanitarios en general, vuelvo a analizar en el tiempo, cuando recién terminada la Guerra Civil y víctima de ella, padecimos la epidemia del tifus exantemático, el "piojo verde", como le decíamos. Fue tremendo, ya que junto a la falta de higiene, el hambre y las muchas necesidades, esta epidemia fue una condena que nunca olvidaremos. Mi padre, entonces jefe local de Sanidad, luchó contra epidemias de forma tan entregada que pronto se vieron sus beneficios en Huelva. Al finalizar, el Ministerio de Sanidad le otorgó la Gran Cruz de Sanidad, con el distintivo más alto, por haber corrido peligro de muerte.

Entonces no había tanta política, tanta palabrería, tantas confusiones, tanta irresponsabilidad como hoy. Solo los médicos y sanitarios luchando, como hoy, a pecho descubierto, en constante peligro, como lo están haciendo esos verdaderos héroes abnegados en la lucha contra el coronavirus. En aquellas epidemias la línea a seguir la marcaban los entendidos en la materia: los científicos, las autoridades sanitarias y los investigadores. Hoy, hay quienes en su poder político dictan normas para ir saliendo del paso cada día, para muchas veces arriesgarlo todo por la defensa de ideologías, sin razonar que el único camino está en obedecer a los saben de la materia, aunque esta sea muy especial en su origen y naturaleza.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios