Silla de palco

Amarraditos

En su ser habitaron el acento pausado, el tono grave, el gesto leve y la suma elegancia

Entre los claroscuros de esta lluviosa primavera se apaga la figura, la voz radiante dicha con paso lento y suma exquisitez, de quien nos hizo amar los compases criollos, la copla recitada en la versión más íntima del corazón indiano, la que nos desveló su sombra y nos narró su esencia: María Dolores Pradera.

Ella fue la elegancia que envuelve las notas musicales de Chabuca Granda y otras tantas raíces que nacen al otro brazo del Atlántico. Manijera de sueños, inició su cosecha allá por los cincuenta del siglo pasado, llegando a doctorarse en requiebros de valses y milongas.

Aunque el tiempo se torne olvidadizo, su sombra nunca se apagará. Anduvo los caminos de la interpretación escénica, pero al fin, decidió que escalar la montaña era contar al mundo las pequeñas historias que ruedan mar adentro. Llegó a plantar un nuevo cancionero en un jardín oculto. En su ser habitaron el acento pausado, el tono grave, el gesto leve y la suma elegancia. Una esbelta figura de acentos luminosos.

Uno que adolescente bebió en las aguas de ese afán cadencioso, iba deletreando notas con sabor a boleros, cumbias, rancheras, baladas, tangos, habaneras... y recitando estrofas de aquel pampero inolvidable bautizado en la pila como Alberto Cortez. Junto a él, Pedro Vargas, Los Panchos, Agustín Lara, Armando Manzanero, Roberto Carlos, Violeta Parra, Los cinco latinos, Facundo Cabral, José Feliciano, Chavela Vargas, Mercedes Sosa, La Negra Grande de Colombia... así, hasta abrazar a esa señora revestida de un distinguido sello.

Llegó a regar el cielo con "flores de canela" y paseó su estampa para lucir aquel porte de "fina estampa", sin dejar de clamar por la estirpe limeña y abrazar en silencio las cuentas de un "rosario" que cuajó el desamor.

Tenía noventa y tres acordes en sus venas cuando vino a dormirse en una eternidad de angelicales malvas y nos dejó en herencia la gracia del compás entre las dos orillas de su mundo.

Aún guardo en la memoria esa delicadeza con que cuenta la historia de dos enamorados que evocan sus raíces con irónico celo: "Vamos amarraditos los dos/ espuma y terciopelo/ yo con un recrujir de almidón/ y tú serio y altanero/... No se estila, ya sé que no se estila/ que te ponga para cenar/ jazmines en el ojal/ Desde luego parece un juego/ pero no hay nada mejor/ que ser un señor de aquellos/ que vieron mis abuelos". Que te vaya bonito en la gloria.

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