Vidas ejemplares
Crónicas de otra Huelva
Ponce Bernal: “No toda la gloria de la vida está en las cumbres; hay también muchas en el arranque de la montaña. Y hay que ir a buscarla allí donde esté para adornar con ella nuestro escudo”
María Clauss y Óscar Toro pertenecían a esta estirpe, no eran figuras públicas ni aspiraban a serlo, eran sencillamente dos vidas fecundas
El comentario
PARA MARÍA Y ÓSCAR
Vidas ejemplares es un artículo que define muy bien la personalidad de José Ponce Bernal. Ensalza las figuras de amigos y compañeros suyos del Partido Federal, a propósito de un acto en su honor celebrado en el Círculo Republicano. Eran figuras que formaban parte de la vida pública onubense, pero que no constituían prohombres de la alta política. Rafael Sánchez Díaz, Galo Vázquez, Francisco Olivares Domínguez, José Vidosa Calvo, Benito Cerrejón, Francisco Díaz Hernández, Andrés Valero y Emilio Doch. Todos ellos representaban en su vida las siguientes virtudes: la lealtad, la sencillez, el trabajo, la consecuencia, la inteligencia afilada en el mismo esfuerzo diario y la continuidad en la obra. Si la civilización se sostenía era gracias a muchos millones de hombres como esos, que vivían y morían en silencio alimentando con su esfuerzo constante el vivir de los otros, gente que no había encontrado, según sus palabras, un “Plutarco que encuadre sus vidas”. Su artículo terminaba de manera elogiosa: “No toda la gloria de la vida está en las cumbres; hay también muchas en el arranque de la montaña. Y hay que ir a buscarla donde está para adornar con ella nuestro escudo”.
Vidas que por no ser espectaculares sostenían la ciudad, el país y el mundo. No eran héroes de bronce ni nombres destinados a la estatua, sino personas leales, constantes, trabajadores, fieles a su tarea diaria. Vidas sin ruido, pero con peso. Vidas que no aspiraban al aplauso y que, sin embargo, lo merecían más que muchas otras.
Casi un siglo después, esa idea de vida ejemplar no ha perdido vigencia. Al contrario: se ha vuelto más rara y más necesaria. También hoy la sociedad se mantiene en pie gracias a personas que no buscan protagonismo, que hacen bien su trabajo, que cuidan de los otros, que creen en lo común y en la responsabilidad cotidiana. Personas que, como decía aquel artículo, viven y mueren en silencio alimentando con su esfuerzo el vivir de los demás.
María Clauss y Óscar Toro pertenecían a esa estirpe. No eran figuras públicas ni aspiraban a serlo. Eran, sencillamente, dos vidas fecundas. Dos trayectorias humanas hechas de compromiso, de generosidad, de presencia real en la vida de quienes los rodeaban. Su ejemplo no estaba en gestos grandiosos, sino en la coherencia diaria, en el cuidado del trabajo bien hecho, en la amistad, en la entrega sin cálculo.
El accidente de trenes de Adamuz se ha llevado muchas vidas y damos nuestro profundo pesar a sus familias y amigos. Para nosotros, de manera especial, se llevó dos vidas queridas; nos arrebató dos formas de estar en el mundo que mejoraban la sociedad sin necesidad de proclamarlo. Como aquellos hombres que Blanqui-Azul elogiaba en 1932, María y Óscar eran cimiento. Y los cimientos, cuando desaparecen, se notan más de lo que creemos.
El artículo terminaba preguntándose el periodista si no hacía falta tanto heroísmo para vivir con limpieza, claridad y entusiasmo como para ganar una batalla o escribir un poema. Hoy la pregunta sigue siendo válida. Y la respuesta, mirando la vida de María Clauss y Óscar Toro, es inequívoca: sí. Hay un heroísmo silencioso que no tiene monumentos, pero que deja un vacío inmenso cuando falta.
Recordarlos así —como vidas ejemplares de nuestro tiempo— no es un gesto de nostalgia, sino un acto de justicia. Porque no toda la gloria está en las cumbres: también está, y sobre todo, en quienes sostienen la montaña.
Vidas ejemplares
Siempre fue nuestra modesta pluma un clarín pronto a trompetear las virtudes y los triunfos de los humildes. Más que pregonar el éxito ya hecho, y llevarle servilmente sobre nuestros hombros, como mozos de cuerda, nos ha gustado ir al fondo de las vidas obscuras, encender en ellas la linterna, que es el periodismo, y mostrar nuestro descubrimiento a las gentes. Muchos nos reprochan esta facilidad nuestra para el elogio. Muchos han dicho:
—¡Te pasas la vida bombeando gentes desconocidas!
A esta observación hemos replicado siempre:
—¿Desconocidas hasta ahora? ¿Veremos mañana?
En cambio, hemos sido siempre severos con los poderosos y con los que se elaboran ellos mismos éxitos y triunfos. Por eso tenemos cierta fama de hombres ásperos: porque no rehuimos la censura que nos puede ocasionar disgustos y porque no omitimos el elogio que no puede suponernos nada.
Por esta tradición de nuestra modesta firma, el elogio de esos varones ilustres del Círculo Republicano Federal, de un lado, y la Juventud Radical, de otro, agasajaron ayer con ocasión de la conmemoración de la primera República española, es algo de nuestro repertorio. Es una cuerda de nuestra historia. Al artículo que escribimos no hace mucho en defensa de las clases humildes, le faltaba este párrafo. Hoy va ya completo e ilustrado con los retratos de dichos ejemplares miembros de dichas agrupaciones republicanas: Rafael Sánchez Díaz, Galo Vázquez, Francisco Olivares Domínguez, José Vidosa Calvo, Benito Correjón, Francisco Díaz, Hernández, Andrés Valero y Emilio Doch.
Ellos representan en nuestra vida las siguientes virtudes: la lealtad, la sencillez, el trabajo, la consecuencia, la inteligencia afilada en el mismo esfuerzo diario y la continuidad en la obra. Sin esas virtudes la vida ciudadana carece de cimientos y todo lo que se alce sobre ella es efímero y endeble. Si Huelva existe, si España existe, si la civilización del mundo se sostiene es porque muchos millones de hombres como estos que hoy celebramos viven y mueren en silencio alimentando con su esfuerzo constante el vivir de los otros.
Existen triunfos espectaculares: el del artista, el del guerrero, el del conductor de pueblos... Pero esos triunfos no se producirían si el hombre leal y modesto, enterrado durante treinta o cuarenta años en el mismo pupitre del mismo escritorio o en el mismo horno del mismo taller, no fuesen el apoyo que los triunfadores necesitan para poder triunfar.
Al general que gana las batallas, al poeta que interpreta en sus cantos las inquietudes de su época, al sabio que inventa y al político que rige la vida de un pueblo, les aguardan la ovación pública, el premio de la historia, la estatua en las calles y casi siempre el provecho inmediato. Para ellos escribirá Plutarco sus «Vidas paralelas». En cambio, a estos luchadores obscuros no les aguarda nada. No han encontrado nunca un “Plutarco” que encuadre sus vidas. Y nosotros, teniendo delante la relación de sus méritos que constan en el libro de sus vidas ejemplares, preguntamos:
—¿Para vivir así, con esa limpieza, con esa claridad, con ese entusiasmo, no se necesita tanto heroísmo como para haber ganado una batalla o para haber escrito un poema?
Por eso el agasajo del Círculo Federal y de la Juventud Radical a estos modestos veteranos nos parece uno de los actos más ejemplares de la ciudad. No toda la gloria de la vida está en las cumbres; hay también muchas en el arranque de la montaña. Y hay que ir a buscarla allí donde esté para adornar con ella nuestro escudo.
Blanqui-Azul
Diario de Huelva. 12-02-1932
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