Ponce defiende la finalidad del servicio público y al “pobre contribuyente” que padece los abusos de poder
El 1 de enero de 1931 se suprimió la perra chica que se entregaba al cartero a la recepción de correspondencia y se establecía la obligatoriedad del sello
Los beneméritos carteros
El artículo que presentamos este lunes del periodista onubense José Ponce Bernal se inscribe en la tradición del periodismo crítico y de denuncia social propio del primer tercio del siglo XX. A partir de una medida aparentemente menor —la supresión de la “perra chica” y la creación de un nuevo sello postal— el autor construye un alegato contra la gestión estatal de los servicios públicos, poniendo el foco en sus consecuencias sociales. El tema concreto sirve, por tanto, como punto de partida para una crítica más amplia del sistema administrativo y fiscal del Estado.
Desde el punto de vista estilístico, el texto combina un registro formal y argumentativo con un lenguaje cargado de ironía y expresividad. Ponce Bernal emplea adjetivos valorativos (“peregrinas”, “bochornoso”, “carísima”) y recursos retóricos como la exageración y la contraposición para reforzar su postura crítica. Nos llama la atención de manera especial la humanización del cartero rural, presentado como símbolo del trabajador explotado, frente a una administración impersonal y recaudatoria.
El uso de frases largas, bien estructuradas y con abundantes incisos, es característico del estilo periodístico de la época y refuerza el tono reflexivo del artículo. La originalidad del texto no reside tanto en el tema —la crítica al encarecimiento de la vida y a la presión fiscal era común en esos años— como en la forma de articular la denuncia, que conecta datos oficiales (estadísticas de beneficios del Estado) con una apelación moral al lector. El autor desmonta el argumento gubernamental mostrando su contradicción interna: si el servicio de Correos genera beneficios millonarios, resulta injustificable que se haga recaer el coste de la mejora salarial sobre los usuarios y no sobre el propio Estado.
El texto refleja con claridad el clima de descontento social y político de los meses previos a la proclamación de la Segunda República. La crítica al trato dispensado a los “más humildes servidores” y al “pobre contribuyente” revela una sensibilidad social cercana al regeneracionismo y a las corrientes reformistas del periodismo provincial. En este sentido, el artículo que reproducimos de Ponce Bernal no es solo una opinión coyuntural, sino también un testimonio valioso del malestar acumulado frente a un sistema percibido como injusto y agotado.
Desde ayer 1.º de enero ha quedado suprimida la «popular» perra chica que se entregaba al cartero a la recepción de la correspondencia epistolar, bajo sobre cerrado. Pero, simultáneamente con esta supresión, se establece un sello equivalente a aquel derecho, es decir un sello de cinco céntimos que hay que adherir a las cartas para que éstas tengan libre circulación.
Las razones expuestas por el Gobierno a través de la Dirección general del ramo no pueden ser más peregrinas. Resulta que los carteros urbanos estaban mal pagados—mal en el más amplio sentido de la palabra—es decir, que se daba el caso bochornoso de que cobraran con descuentos que en ocasiones han llegado al 60 por ciento, siempre que las perras chicas recaudadas no estuvieran en relación con los jornales asignados.
Existen en España peatones que disfrutan un haber anual de cien pesetas a cambio del cual han de recorrer en invierno y verano buen número de kilómetros, con su valija a cuestas, sin otra compensación al cabo de su vida que el puntapié oficial cuando el agotamiento físico le impide continuar su cometido.
Pues bien, para mejorar la situación de todos estos hombres beneméritos, no han hallado otra solución que encarecer de hecho la correspondencia, ya de suyo carísima. Eso y no otra cosa representa la creación del sello especial que eleva el franqueo de una carta ordinaria que no pese más de veinticinco gramos, a treinta céntimos. Y eso, cuando no hace aún dos meses que la dirección general de Correos y Telégrafos publicó en toda la prensa una estadística a bombo y platillo, según la cual, el Estado se lucra solamente por el servicio de Correos, en cerca de 30 millones de pesetas.
Creemos sinceramente que cuando con un servicio público, excesivamente caro, el Estado se beneficia en cantidad tan importante, no es necesario apretar más el tornillo que descoyunta al pobre contribuyente, para poner a los más humildes servidores de la Posta española, en el lugar decoroso que como trabajadores les corresponde.
Blanqui-Azul
Diario de Huelva, 2 de enero de 1931
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