Ponce da vida y voz a la calle San José, que “le pide” que se apiade de su abandono

Crónicas de otra Huelva

“Calle de vida intensa, calle amplia y luminosa donde el periodista echó todo el cuerpo que hoy tiene y que sabe de todas las diabluras de su infancia y de todas las inquietudes de su adolescencia”

Aspecto de la calle San José con el fondo del edifico del colegio. / Roisin / Archivo Municipal
José Ponce Bernal / Felicidad Mendoza Ponce

Huelva, 02 de febrero 2026 - 05:00

El comentario

LA CIUDAD, ORGANISMO VIVO

El artículo firmado por Blanqui-Azul se inscribe en una prosa costumbrista y reflexiva que convierte el paseo urbano en pretexto para una observación más profunda de la ciudad y de quien la habita. Bajo la apariencia de una columna ligera —no en vano se encuadra bajo el rótulo Sin importancia—, el texto aborda cuestiones de identidad personal, intimidad y relación con el espacio urbano. El periodista reivindica el placer de caminar en soledad, lejos de las multitudes, como una forma de recogimiento interior y de diálogo consigo mismo, contraponiendo este disfrute a la agitación anónima de la vida moderna.

Uno de los temas centrales es la ciudad como organismo vivo y moralmente significativo. Las calles no son meros escenarios, sino espacios cargados de memoria, emociones y conflictos. El autor humaniza la calle, le otorga voz y sentimientos, y mediante este recurso alegórico convierte un problema urbanístico concreto —la presencia de casas ruinosas y antiestéticas— en una queja casi ética. La ciudad “sufre” y “se avergüenza”, lo que permite al lector percibir la degradación urbana no como una cuestión técnica, sino como una afrenta colectiva que afecta a la dignidad del entorno común.

Para captar la atención de sus lectores, el articulista combina un tono íntimo y confesional con una estrategia progresiva de implicación. Comienza con una reflexión personal y aparentemente inofensiva, cercana al lector, y va desplazando el foco hacia una denuncia concreta y localizable. El uso de frases largas, casi meditativas, crea un ritmo pausado que imita el caminar del paseante, mientras que la interpelación directa —“Amigo”— rompe la distancia y convierte al lector en testigo y cómplice del razonamiento.

Finalmente, el texto culmina en una llamada cívica que da sentido a todo lo anterior. La queja de la calle se transforma en una reclamación dirigida al Concejo municipal, lo que revela la verdadera intención del autor: utilizar la literatura periodística como herramienta de conciencia urbana. El artículo no busca el escándalo ni la polémica inmediata, sino despertar una sensibilidad estética y moral en sus lectores, invitándolos a mirar su propia ciudad con atención crítica y a asumir que el cuidado del espacio público es una responsabilidad compartida.

Recorte de Paseo por la ciudad. / M.G.

El periodista ha aprovechado una hora de ocio para pasear por la ciudad. Es placer incomparable el callejeo, cuando no se sigue la rutina de ir por el mismo lugar paseable que emplean todas las personas paseadoras.

Calles intransitadas, solitarias, apartadas, donde no molesta ni la ineducación de los pollos contemporáneos, ni la memez de las niñas contemporáneas de esos pollos.

Y no es por aversión a las gentes, sino por el placer de pasear consigo mismo. Hablando sin cesar, sin que una palabra salga de sus labios. Entregado completamente a las sombras, a los recuerdos, en un monólogo inacabable, como resultado de un proceso mental que necesita manifestarse inmediatamente…

En la busca de estas calles favoritas he tenido que atravesar una que sin ser de las favoritas, tampoco llega a ser de las molestas por exceso de aquella clase de paseantes. Calle de vida intensa, calle amplia y luminosa donde el periodista echó todo el cuerpo que hoy tiene y que sabe de todas las diabluras de su infancia y de todas las inquietudes de su adolescencia.

La calle está en un reposo pasajero, cobrando ánimos para recibir el ajetreo de la hora del almuerzo de legiones de obreros, de bandadas alegres de modistillas. Esa calle ha tenido una confidencia con el periodista. Le ha dicho:

“Amigo: tú que empleas energías en señalar defectos y en aconsejar virtudes, sal en mi defensa. Tengo un ahogo que nadie se acuerda de evitarme. A mí me causa gran pena, pero a las gentes que moran en mis dominios, mucha más. Hay unas casas que me molestan, que me amustian, que me empobrecen, sin que haya leyes ni razón que puedan justificar su existencia.

Ahora que estoy en reposo pienso en los días de feria, en el movimiento de forasteros que cruzan sobre mí y me causa horror imaginar que vamos a estar igualmente desquiciados, avergonzados con esas casas que debían ser derribadas y nadie piensa en hacerlo. Apiádate de mí y pon tu valimiento a mi servicio”.

El periodista ha comprendido la razón que hay en este pedir. Esta calle de San José merece se le atienda. ¿Qué causas hay que impidan el derribo de esas casuchas que comprenden el tramo de la calle La Palma a la de Rui-Vélez y esa otra que forma la deplorable esquina con la calle Amado de Lázaro? Son una fealdad intolerable, una falta grave en quienes pudiendo hacerlo no ordenan inmediatamente echar abajo esos casuchos que truncan la perspectiva y deshacen la armonía.

El periodista hace suya la queja de la inolvidable y simpática calle y, con todo respeto, la traslada al Concejo municipal para que decida de una vez la desaparición de esos caserones que son estorbo y fealdad y atentado alevoso contra la estética urbana.

—Blanqui-Azul

Diario de Huelva, 5 de diciembre de 1930

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