Malbajío: cuando el mal augurio se convierte en canción

Trinchera Sonora

Rock en castellano desde Huelva para mirar de frente una realidad incómoda, con riffs afilados y letras que no esquivan el golpe

Los integrantes de la banda musical Malbajío. / M. G.

Hay palabras y expresiones que nacen torcidas y, precisamente por eso, dicen más verdad que muchas otras pulidas a conciencia. Mal bajío es una de ellas. En Andalucía, la expresión arrastra un poso de mala suerte, de presentimiento oscuro, de estado de ánimo bajo. También habla de obstáculos, de encallar cuando parecía que el camino estaba claro. No suena a nombre de banda destinada a la gloria, ni a lema optimista para tiempos luminosos. Y, sin embargo, quizá por eso mismo, Malbajío resulta tan coherente con el tiempo que habitamos y con la música que practica esta banda onubense: rock en castellano sin maquillaje, nacido del hartazgo, del cansancio y de la necesidad de decir las cosas como son, aunque no suenen bien.

Malbajío surge en 2024, pero no desde la ingenuidad ni desde la urgencia juvenil. Aquí no hay promesas verdes ni discursos de futuro abstracto. Hay veteranos de la escena local que ya han pasado por suficientes escenarios, bandas y aprendizajes como para saber qué quieren hacer… y, sobre todo, qué no. Maca a la voz, Dani González Muiño y Miguel Ángel Cubero a las guitarras, Mario Gutiérrez a la batería y Rafa Romero al bajo. Excepto el propio Rafa, insultantemente joven pero que ya ha participado en proyectos como Bostrecho y ha acompañado al mismísimo Penélope Watson, el resto de la formación lleva muchos años pateando escenarios, curtidos en proyectos como Sonrock, Macaco, Siberia, Por Inercia, Cenizas del Edén o Generación al Límite. Gente que no necesita demostrar nada, pero que aún siente la necesidad —esa sí— de contar lo que pasa alrededor.

Los componentes de la banda. / M. G.

Y lo que pasa no es bonito. O al menos no lo es siempre. Malbajío practica un rock directo, crudo, con riffs afilados y una base rítmica pesada que sostiene canciones pensadas para funcionar en directo, sin trampas ni artificios. La voz de Maca no adorna: escupe, rasga, señala. Las letras hablan de una sociedad que corre sin frenos, de preguntas sin respuesta, de un presente donde el ruido tapa lo esencial y pocos se atreven a tirar de la palanca de emergencia. No hay moraleja ni consuelo fácil. Hay mirada frontal. Y eso, hoy, ya es una forma de disidencia.

El sonido de la banda bebe claramente del rock estatal más combativo —Marea, Extremoduro, Barricada, Fito y Fitipaldis—, pero no desde la nostalgia ni el mimetismo. Malbajío no juega a sonar a otros tiempos, sino a usar ese lenguaje para hablar del ahora. Su música no busca agradar ni colocarse en playlists amables: busca sacudir, incomodar un poco, remover. Rock urbano en el sentido más amplio del término, con letras que funcionan como pequeñas piezas de poesía áspera, escritas desde la experiencia y no desde el eslogan.

Hace tan solo unos días la banda ha terminado de grabar su primer EP, Deja que ladren los perros, en Estudiomáthica, bajo la producción de Santi García. Un título que no necesita demasiadas explicaciones y que funciona casi como declaración de intenciones. He podido escuchar un par de temas de adelanto y confirman esa sensación inicial: canciones sólidas, con empaque, que respiran verdad y que ganan cuerpo cuando se imagina el sudor del directo. No es un debut al uso. Es más bien la primera piedra visible de algo que llevaba tiempo gestándose por dentro.

Malbajío, durante una actuación en directo. / Rafa Gago

Malbajío ya dio su primer paso sobre el escenario el pasado 27 de septiembre en el Festival Kilo de Rock, y desde entonces compagina estudio y directo (Huelva Rock, Valverde Biker Green Valley) con la calma de quien sabe que las cosas importantes no se construyen a base de prisas. Su propuesta no se apoya en poses ni en grandes discursos: se sostiene en canciones, actitud y coherencia. En un momento de polarización, desencanto y ruido constante, su rock conecta precisamente con ese mal bajío colectivo que muchos sienten pero pocos verbalizan.

Quizá ahí esté la clave. En asumir el presagio, el malestar, la incomodidad, y convertirlo en motor creativo. En no disfrazar la mala racha, sino nombrarla. Malbajío no promete finales felices ni soluciones mágicas. Ofrece algo más honesto: canciones que miran de frente, que no esquivan el golpe y que entienden el rock como lo que siempre fue en su mejor versión: una forma de decir “hasta aquí” cuando todo empuja a callar.

Y puede que el nombre suene a mala suerte. Pero hay bandas que hacen de ese presagio su bandera. Y cuando eso ocurre, el mal bajío deja de ser un obstáculo para convertirse en punto de partida.

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