José Ponce sostiene que la miseria no es solo una cuestión individual, sino un problema colectivo que revela fallos profundos en la organización social de la Huelva de 1930
Crónicas de otra Huelva
Se anticipa de este modo a un debate que sigue vigente hoy: "Quisiéramos que nuestro comentario de hoy sirviera de recordatorio a unos y de excitación a los remisos a cumplir con una obligación a la que nadie puede sustraerse"
El comentario
El trabajo proporciona dignidad
José Ponce presenta el invierno como una amenaza social más que climática: es el momento en que el hambre, el frío y la enfermedad se hacen visibles y golpean con especial dureza a quienes viven en la pobreza. El periodista denuncia que estas tragedias no son inevitables, sino consecuencia de la falta de recursos, de la indiferencia social y de una caridad insuficiente para cubrir las necesidades básicas. El texto transmite la idea de que la miseria no es solo una cuestión individual, sino un problema colectivo que revela fallos profundos en la organización social.
Al mismo tiempo, el autor reconoce que el Estado ha intentado actuar mediante circulares y medidas asistenciales, pero critica su alcance limitado y su escasa aplicación. La apelación constante a la conciencia y a la responsabilidad moral de los ciudadanos muestra un discurso que combina sensibilidad social con un fuerte tono moralizante. No busca una ruptura política radical, sino una reacción ética: que la sociedad no permanezca indiferente ante el sufrimiento del pobre, descrito como “hermano” desamparado.
Una de las ideas más modernas del texto es la crítica a la limosna como solución principal. El periodista insiste en que no basta con dar ayuda puntual; es necesario garantizar el derecho al trabajo para que los pobres puedan vivir con dignidad. En este punto se anticipa un debate que sigue vigente: la diferencia entre caridad asistencial y políticas públicas que transformen las condiciones de vida. El artículo se sitúa en un momento de transición, cuando aún predominaba la beneficencia, pero empezaba a abrirse paso la idea de responsabilidad social del Estado.
Comparado con la actualidad, muchas preocupaciones persisten, aunque el contexto ha cambiado. Hoy existen sistemas de protección social, sanidad pública y ayudas estatales que reducen —aunque no eliminan— los escenarios dramáticos que describe el periodista. Sin embargo, continúan problemas como la pobreza energética, la precariedad laboral y la desigualdad estructural. El texto, leído desde hoy, funciona como recordatorio incómodo: pese a los avances, seguimos enfrentando, con otros nombres y formas, la misma pregunta esencial, ¿qué hacemos, colectivamente, frente al sufrimiento de quienes menos tienen?
Se aproxima ya el invierno con todos sus rigores, que aumentan las privaciones y hacen más crítica la situación de aquellas familias que disponen de escasos recursos y algunas tan solo de los que proporciona la caridad oficial y privada, insuficiente a cubrir las necesidades más indispensables de esos desheredados. Pronto la Prensa recogerá esos dramas de dolor y miseria que se ofrecen en plena vía pública, donde algún desventurado muere víctima de la falta de alimentos y vestidos que le impiden resistir las inclemencias del tiempo.
Hace dos o tres años el Poder público adoptó algunas medidas para evitar en lo posible que en los meses de invierno ocurriesen accidentes y hasta muertes por inanición o hambre y hasta queremos recordar que fue dirigida una circular a las primeras autoridades civiles de las provincias sobre la mejor manera de cumplir las obligaciones que tienen en favor de los desvalidos.
Unas semanas más y nos encontraremos otra vez ante la realidad cruelísima, de la que se ofrecieron siempre abundantes casos; y aunque la mencionada circular creemos que no habrá dejado de tener virtualidad, debemos de mostrarnos inclinados por los sentimientos humanos para influir de modo decisivo y evitar repeticiones fáciles y posibles de lo que todos los años presenciamos. Porque no es posible permanecer indiferente ante la tragedia que en esta época se cierne sobre la casa del pobre, que por ironía cruel llamamos hogar, olvidándonos de que este supone comodidades, bienestar, alegría y satisfacciones, cosas que no se conocen en aquella.
La misión que se encomienda a los gobernadores civiles, entendemos que debe hallarse facilitada por todos aquellos que se encontraban en posición holgada, vamos a entrar con el invierno que es tanto como decir que el hambre y el frío azotarán a los humildes. Falta ropa con que abrigarse y pan con que acallar el hambre, todo es falta en la casa del pobre, en quien se ceban los duros rigores de la estación y ello mucho más que nada el ejercicio de una caridad que precisa ofrecer sin limitaciones.
Quisiéramos que nuestro comentario de hoy sirviera de recordatorio a unos y de excitación a los remisos a cumplir con una obligación a la que nadie puede sustraerse. Hay que pensar, ahora más que nunca, en el pobre, en el miserable, que es también nuestro hermano al que se aumentan las privaciones, precisamente cuando se hace más ostentación de comodidades. Pensamos en que la caridad no se ejecuta solo socorriendo al mendigo que encontramos a nuestro paso. Hay que aliviar la miseria y el dolor, más cruel aún, de aquellos que también se mueren de hambre y de frío, ocultando su triste situación en sus desmantelados hogares.
Tenemos que proporcionar, no solo la limosna humillante, sino satisfacer el derecho al trabajo para que todos puedan comer. Los más obligados a ello son los que dilapidan fortunas. Se aproxima el invierno con sus crueldades y durezas y hay que tener presente a los humildes. Hagamos un detenido examen y consultemos íntimamente con nuestra conciencia para proceder como ella nos dicte.
Blanqui-Azul.
Diario de Huelva, 30 de noviembre de 1930
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